Me tocó ejercer de comentarista en la retransmisión del Live Earth de Canal+. Hubo cosas que salieron bien, otras que pudieron salir mejor y otras que salieron mal, pero en general creo que la cosa fue mejor de lo que esperaba.
Hubo algunos elementos que actuaron en contra. Para empezar, me tocó abrir fuego (compartía micrófono con un locutor de M80). Supongo que los que llegaron después sabían ya cuándo debían hablar y cuándo cerrar el pico, pero yo tuve que descubrirlo sobre la marcha. Además, los conciertos que tuve que comentar no eran, precisamente, los más adecuados para el lucimiento: un montón de artistas desconocidos japoneses, chinos y australianos (Linkin Park, Rihanna, Crowded House, Jack Johnson, Wolfmother y Shakira fueron la excepción).
Al no tratarse de un concierto convencional, y dado que no era directo riguroso (había como una hora de retardo), la emisión era una sucesión milimétricamente editada de canciones en directo, separadores y cortometrajes con mensaje. No había, por tanto, mucha ocasión para meter baza. Eso, claro, lo descubrí cuando ya había pasado más de una hora de retransmisión. Hasta ese momento, y consciente de la necesidad de contar algo de esos "desconocidos japoneses, chicos y australianos", los comentarios sonaron desubicados y pisando mucha música.
Me di cuenta de que, salvo en los resúmenes que cada 20 minutos salpicaban la emisión, no había más que espacio para frases breves y geniales. Puesto que esto último no es precisamente mi especialidad, me incliné por frases breves y divertidas. Así, cuando el grupo de rock setentero Wolfmother hacía una pausa en su actuación en Sydney, solté "Señores, no estamos en 1972, sino en 2007 en el Live Earth, etc." También sugerí algo sobre el ceñido vestuario de Rihanna (no sé si alguien lo entendió) y alguna gracia más. No sé si los de Canal+ esperaban algo más solemne, supongo que no.
Lo peor fue cuando me metí en un jardín al mencionar la controversia que había en Australia por la tendencia sexual de la cantautora Missy Higgins. Estuve a punto de parafrasear al añorado Joaquín Luqui cuando dijo aquello de "es gay y como mínimo bisexual". El embrollo mereció la pena aunque sólo fuera por el posterior comentario de Julián Ruiz, cuando llegó para sustituirme: "¿Cómo sabías que es bollera? ¡Claro que es bollera, si yo le tiré los tejos y no me hizo no caso!". Es obvio: si una mujer no le hace caso a Julián Ruiz, tiene que ser bollera.
Extrañamente no me puse nervioso en ningún momento, ni me tembló la voz, aunque hice gala de mi lengua de trapo en varias ocasiones.
Me han dicho que van a enviarme un DVD de la retransmisión. No se molesten, no pienso pasar por el trance de escucharlo.
Missy Higgins, bollera y como mínimo bisexual. Glups.
Live Earth
Tarde en las rebajas
El pasado viernes por la tarde fuimos de rebajas. Era el fin de semana del orgullo gay, así que era como ir de compras en medio de una verbena.
Dejamos el coche en el aparcamiento de Augusto Figueroa. Al salir a la calle echamos a andar en dirección a la calle Piamonte, pero no vimos grandes cosas. Tuvimos que rehacer el camino hacia Fuencarral, que es como ir a tiro hecho. Atravesamos la plaza de Chueca, donde había un montón de gente en las terrazas y un guitarrista probando sonido sobre un escenario. Tocaba haciendo un ruido de mil demonios, como si fuese el guitarrista anónimo de Fangoria buscando sus cinco minutos de atención.
Al pasar de nuevo por Augusto Figueroa vimos otro escenario, y sobre éste, a una gorda que se desgañitaba con ‘Como yo te amo’, la canción de Rocío Jurado. También probaba sonido y no había mucha gente prestando atención. Llegamos a la esquina con Fuencarral y decidimos iniciar el recorrido hacia abajo por la acera de la izquierda, para luego subir por la otra acera. Entramos en Desigual, Divinas Palabras y en Hoss, donde Cristina encontró un vestido bonito pero la talla más pequeña le quedaba enorme. Entramos en Quiksilver para ver bañadores. Nada más salir nos encontramos con Pedro, el director de Rolling Stone, que iba con su chica. Hablamos sólo dos minutos pero estuvo muy agradable. Proseguimos la cuesta abajo y entramos en Friday’s Project, que es una tienda multimarca bastante desagradable.
Al llegar a Gran Vía propuse cruzar un momento a Bershka. Bershka, que ocupa el mítico local que hasta hace poco pertenecía a Madrid Rock, tiene fama de ser una especie de Zara para niñatas, de modo que, aunque tiene una planta de ropa de chico, no suele haber muchos. El caso es que tienen una camisetas súper bonitas, súper baratas, que además no sueles ver puestas por la calle. Me compré tres por 10 euros cada una, y Cristina se pilló bastantes más. Justo después de pagar nos dimos cuenta de que allí no habían empezado todavía las rebajas y si hubiéramos ido unos días más tarde nos habríamos ahorrado unos eurillos. Pero me dio igual porque las camisetas molan.
Doblamos de nuevo la esquina de Fuencarral, subiendo ahora por la otra acera. Cruzamos un momento a una tienda pequeñita de zapatillas que antes habíamos pasado por alto. Cristina se llevó unas sandalias muy chulas. El chico de la caja estaba desatado, y mientras cobraba le dio tiempo a contar un montón de cosas.
“De todos los dependientes, sólo uno es hetero, el argentino”, dijo sin venir a cuento. Añadió que si el Real Madrid había juntado a medio millón de personas, con un saldo de decenas de heridos y detenidos, el día del orgullo gay reuniría a dos millones y medio sin ningún tipo de incidente. Estaba eufórico.
Cruzamos de nuevo y entramos en Energie. Me pille una camisa y un polo. Eran talla XXL, lo cual indica que a) tengo que tomarme más en serio el gimnasio, o b) esto de las tallas es un cachondeo. Cuando salí del probador nos encontramos a nuestro querido amigo Emilio, que deja ‘El Buscador’ para presentar un magazine diario por las tardes también en Tele 5 que se llama ‘Está pasando’. Hablamos de quedar todos para cenar antes de irnos de vacaciones.
Había mucha cola para pagar. En la cola había algunos exponentes de una tribu de la que divisé muchos adeptos, que es la de los pijos-gay: polo Lacoste, bermudas y músculos.
Cuando salimos de Energie nos dimos cuenta de que estábamos agotados. Pasamos de largo por delante de Sisley y de G-Star y sólo entramos en una tienda más, la zapatería de Glam. Cristina quería comprar unos zapatos bajos de tela muy divertidos pero no quedaban números; lo mismo me pasó a mí con unas Asics blancas. A la salida tomamos la determinación de volver directos a por el coche, no sin antes comprar en una tienda de chinos dos latas de Aquarius porque estábamos sedientos (sobre todo yo).
Al coger de nuevo Augusto Figueroa ya habían empezado los conciertos. En el mismo sitio donde dos horas antes una gorda cantaba un tema de Rocío Jurado ahora estaba Nika, con un escueto vestido negro, cantando una canción de Los Romeos. Era un playback bastante lamentable, pero la calle estaba hasta arriba de gente. Pasamos al lado de Leyva, de Pereza, que se había parado a ver el concierto pero que enseguida reanudó su marcha. Caminamos a su altura un buen trecho, hasta que hizo amago de entrar en un portal dos manzanas más abajo. Unas chicas le retuvieron con la puerta ya abierta y ahí se quedó hablando con ellas.
Nosotros cogimos el coche y nos dio tiempo a comprar en el Carrefour de al lado de casa (cierran a las diez) un poco de un riquísimo jamón de bellota que nos zampamos para cenar con una botella de Raimat Abadía.
No a La Alhambra
No hay duda de que La Alhambra de Granada es un lugar de extraordinaria belleza. Su rica arquitectura, la luz de sus rincones, el color de sus jardines, el murmullo de sus fuentes y el aroma de sus flores le confieren una especie de hermosura mágica. La conozco bastante bien: la mitad de mi sangre es, como dicen allí, granaína. Pero no me parece bien esta extraña movilización (curioso: todos los españoles de acuerdo en algo) para hacer que sea considerada una de las nuevas maravillas del mundo.
Este levantamiento popular no es otra cosa que una solemne paletada. Es un gesto provinciano vergonzoso. Como somos españoles, vamos a votar a La Alhambra. Espantosamente ridículo. No sólo nos mueve el patriotismo: es que estamos convencidos de que es una de las maravillas del mundo; qué digo una, es La Maravilla. Y luego llamamos chauvinistas a los franceses. ¿El mejor monumento del mundo? La Alhambra, claro. ¿El mejor equipo del mundo? El Real Madrid, quién lo duda. ¿La mejor comida del mundo? Como en España no se come en ninguna parte, dónde va a parar...
A quienes piden el voto desde los medios de comunicación y a quienes votan yo les haría una pregunta: ¿conocen el significado de la palabra ecuanimidad?
Para votar, en cualquier tipo de sondeo, entiendo que es necesario conocer todas las opciones y elegir la que consideramos mejor. Otra muestra de provincianismo: como no hemos visto nada mejor... De las 21 candidatas yo sólo conozco siete (la Acrópolis de Atenas, la Alhambra, el Coliseo romano, la torre Eiffel de París, la Gran Muralla china, las pirámides de Giza en el Cairo y la estatua de la Libertad de NYC), y si quisiera votar ¡no podría! ¿Cómo votar por las pirámides egipcias si no he tenido ocasión de contemplar la aplastante belleza del templo de Ankgor, en Camboya? ¿Cómo dar mi voto a la muralla china sin haber examinado ¡¡¡el Taj Mahal!!?
Por favor, no voten por La Alhambra. No voten por nada. Viajen más. Y apliquen el concepto de la ecuanimidad (= imparcialidad de juicio) en sus vidas, que es muy bonito.
La mula
Si eres asiduo a conciertos de rock, Muletrain te impactarán. Si hace tiempo que no sales, directamente te provocarán una irrefrenable y excitante sensación mezcla de angustia, violencia y caos para la que más te vale estar preparado. Tras una fructífera gira europea (de la que esperamos ansiosos el documental) presentaron hace unos días en Madrid su nuevo single. Como de costumbre, el concierto fue un akelarre de decibelios, gargantas entumecidas, stage diving, focos golpeados y garrafón. Ivar, el impresionante guitarrista, se erige en líder de la banda con sus brutales guitarrazos, su mirada perdida y sus brazos en alto estilo Venom. Una gozada.
2'30"
Dos minutos y treinta segundos. Parece broma, pero, según me cuentan, ése es el tiempo concedido para cada entrevista por Justin Timberlake durante su visita a Madrid para promocionar Shrek 3.
Algunas dudas: ¿Cuántas preguntas se pueden hacer en dos minutos y medio? (Una, siempre y cuando entrevistador y entrevistado establezcan una especie de código lingüistico minimalista para no andarse por las ramas e ir al grano.) ¿Se le puede llamar a eso entrevista? ¿No es una ostensible falta de respeto a la profesión periodística? Y, sobre todo, ¿no tuvo que ser un espectáculo memorable ver pasar uno tras otro a los reporteros, sentándose y levantándose de la sillita caliente a un ritmo frenético? ¿No es tremendamente ridículo todo esto?
Justin Timberlake, nuevo récord: 24 entrevistas por hora.
Curiosa coincidencia
Ayer, echando un vistazo al disco-libro de Joaquín Sabina que se puso a la venta con El País el pasado fin de semana, descubrí una curiosa coincidencia. El texto, firmado por una colosal pluma del periodismo musical español (él es el periodismo musical), decía en su página 14, en referencia a la historia de las canciones 'Y nos dieron las 10' de Sabina y 'Ojos de gata' de Los Secretos:
"... En la letra de Sabina hay un final de fuegos artificiales..."
Sorpresa: lo del "final de fuegos artificiales" me sonaba, me resultaba familiar. De modo que abrí un ejemplar del libro Adiós tristeza, y en la página 212, repasando también la intrincada historia de las mismas canciones, encontré:
"... Su letra [la de Sabina] tiene un final de fuegos artificiales..."
Sin duda, una divertida coincidencia. O eso, o que a don sabelotodo la expresión le desagradó tantísimo que se le ha clavado en la memoria.
El himno de España
Desde hace unos días se habla de ponerle letra al himno de España. La percha, algo forzada, es que, según algunos, nuestros deportistas triunfadores se quedan impotentes al no poder mover los labios cuando la marcha real suena en honor a sus victorias.
Personalmente, este tema del himno me da bastante igual. No cuela: todo esto huele a una campaña de El Mundo encaminada a reforzar un nacionalismo mal entendido. Pero una cosa es cierta: el himno español es horroroso. Ni siquiera es un himno: cuando uno escucha el himno de cualquier otro país detecta una melodía que tiene un principio y un fin. El himno español, en cambio, se reduce a una serie de ocho compases que, eso sí, puede repetirse y extenderse a gusto de la organización del evento. La versión edit podría comprimirse en unos escasos 30 segundos, mientras que una extended version podría prolongarse cinco, diez o veinte minutos, incluso indefinidamente; basta con repetir una y otra vez la misma cantinela.
Asumiendo que nuestros deportistas (y los forofos) lo pasan realmente mal sin poder cantar nuestro himno, ¿qué letra ponerle? Sin duda, deberíamos alejarnos de las metáforas militares de los himnos del siglo XIX y enumerar lo que de verdad nos une a todos los españoles: la sangría, la paella, el Real Madrid, el sol y el jamón. Ahí sí que puedo ver a nuestros deportistas verdaderamente emocionados.
Y ¿quién debería acometer semejante tarea? No nos engañemos: todo esto es consecuencia de la moda de los himnos futboleros creados por mentes privilegiadas como Melendi, El Arrebato y Joaquín Sabina. Sí, Sabina podría hacer un buen himno, sin duda, pero habría que ver qué escriben otros grandes letristas como Alejandro Sanz, Fito o incluso el cantante de Marea (la palabra "estercolero" estaría incluida, seguro). Yo voto por la sensibilidad de un Manuel Alejandro, por ejemplo. Señores de la SGAE, denle una oportunidad.
Invito a los amigos y detractores de este blog que hagan constar sus sugerencias pulsando en "comentarios". Siempre nos quedará Manolo Escobar y 'Que viva España'.
Elecciones
Este domingo hay elecciones y, como llevo haciendo desde los 18 años, declinaré mi derecho al voto. No, nunca he votado.
Mi síndrome de abstinencia electoral responde a diferentes motivos, según cada etapa de mi vida. Es decir, siempre he encontrado buenos motivos para no votar y ninguno consistente para hacerlo. Supongo que la razón más poderosa es mi rechazo a todo lo que implique convertirme en parte de una manada, a hacer lo mismo que hacen todos los demás, a seguir instrucciones sin rechistar. (Un ejemplo: en Ikea, donde obligan a los clientes a seguir un recorrido desde que entran hasta que salen, yo opto por entrar por la salida y hacer el circuito a mi aire, aunque tenga que esquivar a las hordas de compradores que vienen de frente.) Ya sé que, supuestamente, ésta es la mejor manera de organizar un país, pero no puedo evitarlo. A lo mejor, si pudiera votar al día siguiente, yo solo, lo haría, aunque sólo fuera para fastidiar. Y dibujaría un monigote en la papeleta, para que fuera diferente.
Sin duda seguiré el día de la convocatoria con interés, comprobando una vez más como los informativos vuelven a desempolvar topicazos como "la jornada electoral está transcurriendo con absoluta normalidad" (no critico que trascurra con normalidad, ojo; sólo digo que esa misma frase puede articularse de un millón de formas diferentes pero todos recurren, por inercia, a la más manida, pa' pensar menos, vaya).
No sé cómo se vota. No sé cómo es un colegio electoral por dentro (¿se mantienen los pupitres?). Y por ahora, prefiero seguir ignorándolo. Respeto a quienes votan; sólo espero que ellos respeten a quienes preferimos quedarnos en los márgenes.
Mi candidato ideal
Mi lema
Desde hace algún tiempo he establecido como lema personal el estribillo de una maravillosa canción del colosal Rick Nelson. La canción se titula 'Garden party', y está escrita en su segunda etapa, la fase country-rock. Conviene recordar que Rick Nelson comenzó su carrera como teen idol (por entonces se hacía llamar Ricky), y que en su treintena encontró su propio lenguaje sonoro rebozándose del ambiente de los vaqueros-hippies californianos de principios de los setenta. La letra de este tema refleja su metamorfosis: habla de una fiesta a la que llega para tocar (hay quien dice que se trata de un concierto en el Madison Square Garden), y el público le abuchea cuando le ve vestido de terciopelo, con melena y haciendo temas de los Stones. Pero él no estaba allí para satisfacer al público.
El estribillo, que yo adopto oficialmente como lema, reza:
He aprendido bien la lección
no puedes complacer a todo el mundo
así que complácete a ti mismo
Grande.
(Rick murió en 1985, cuando el avión en el que viajaba se incendió y se estrelló. La leyenda sostiene que el fuego se originó a causa del festín de drogas que se estaban dando sus ocupantes. La última canción que tocó sobre un escenario fue una de Buddy Holly, quien también la palmó a bordo de un avión. Los hijos de Rick, gemelos, formaron un infame dúo de hair metal que tuvo mucho éxito a principios de los noventa.)
Rick Nelson, de niño prodigio del rock and roll a gigante del country-rock.
Hacienda no somos todos
No, Hacienda no somos todos. Algunos somos menos Hacienda que otros.
Hace unas semanas encontré en mi buzón un documento de la Agencia Tributaria donde aparecen desglosados mis ingresos y datos con información catastral y del préstamo hipotecario (se lo agradezco, señores, pero siempre me lo hacen mal: hay cosas que faltan y cosas que sobran). Busqué dentro del sobre el borrador de mi declaración, pero no estaba. En su lugar, otro documento me explicaba que no me habían hecho el borrador por haber obtenido ingresos a través de actividades económicas profesionales.
Como los lectores de este blog bien sabrán, es muy habitual dentro de la profesión periodística tener una nómina fija y, al mismo tiempo, expandir las miras profesionales colaborarando en revistas, escribiendo libros o haciendo guiones. Estas actividades extraordinarias (que representan una mínima parte de los ingresos anuales) son la razón de que el Ministerio de Hacienda piense que, quienes estamos en tal situación, no tenemos derecho a un borrador de nuestra declaración.
Bastante irritado por esta desventaja manifiesta, decido, como todos los años, pedir cita previa para que me hagan la declaración. Durante los últimos años he procedido de ese modo sin ningún problema. Pues bien, este año, cuando llamo al teléfono del ministerio, un robot me dice, tras procesar mis datos (incluido el importe de no sé qué casilla del año pasado... la cosa es ponerlo "fácil") que no pueden darme cita previa porque (adivinen) ¡he obtenido ingresos de actividades profesionales!
Tras insultar con todas mis fuerzas a la madre del robot, opto por buscar algún interlocutor humano. Consigo otro número de teléfono y doy con una señorita, con voz de hastiada, que me responde con la misma negativa. ¡Pero si otros años sí me han dado cita! "Ya, pues no sé, este año no..." Pero... ¡¿por qué?! "Espere, que pregunto (pausa) Que no se le puede dar cita". ¿Me está diciendo que no tengo derecho a que me den cita? "Lo siento, no podemos darle cita".
No saben darme una explicación. En mi opinión, al tratarse de una declaración más complicada de lo normal, con más motivo se debería brindar ayuda.
Tiene que haber otro modo, me digo. Quizá llamando directamente a mi ayuntamiento (lugar adonde te remiten posteriormente para realizarte físicamente la declaración). Mejor: leo que la Comunidad de Madrid ha destinado 100 puestos en toda la región a tal fin. ¿Qué creen que ocurre? Llamo al teléfono de la Comunidad (901 22 33 44, por si alguien se encuentra en el mismo trance), me atiende una señorita simpática y eficiente y en 30 segundos tengo cita para que un técnico me haga la declaración.
Gracias, Espe. Y al Ministerio, desde aquí, un enorme y sonoro corte de mangas.
Falsa moral
Juan escrituró su casa por diez millones menos de lo que realmente le había costado. Procura presentar su declaración de la renta con algún que otro "apaño", para que le salga a devolver. En carretera, roza los 150 km/h cuando la señalización marca 120. Ha conducido con alguna copa de más, a sabiendas de que eso ponía en riesgo su vida y la de otras personas. Cuando le llega una multa, identifica como conductor a su padre, ya jubilado y sin coche aunque aún en posesión de carnet. Aunque tiene prohibido fumar en el trabajo, algún que otro cigarrito se ha echado en el baño. Cuando le cobran de menos en un restaurante, se calla.
Él se considera un hombre honrado. Si acaso, achaca lo suyo a la típica picaresca española. Todo el mundo lo hace, se dice.
El otro día, Juan estaba viendo la televisión cuando dieron la noticia de que un personaje popular había sido detenido por un supuesto delito financiero.
"Maldita sinvergüenza", pensó, absolutamente indignado.
El iPod
Ha caído en mis manos un iPod. Tremendo impacto: un aparato en el que cabe incontable música, que puedes organizar como te plazca y escuchar donde te dé la gana. De repente, mi mente se revoluciona pensando en miles de posibles recopilaciones y planificando docenas de situaciones en las que me va a venir de maravilla la maquinita.
La maquinita, tecnológicamente hablando, es una maravilla. Aunque pesa un poco más de lo que imaginaba, el iPod es ultrafino. Para mi asombro, no funciona con pilas: lo enchufas al ordenador un rato, y listo. Eso invalida el concepto de pila tal como yo lo conocía. ¿Por qué demonios hay aparatos (teléfonos, cámaras, mandos a distancia) que funcionan con pilas, de tantos tamaños que inducen a la confusión, cuando se pueden recargar enchufándolos al ordenador? El iPod se recarga como por arte de magia. Y luego no tiene botón de encendido: lo rozas suavemente con el dedo y se enciende ¡solo!
Pero (siempre hay un pero) llegó el momento de usarlo. Y me vuelvo loco. De repente decido hacer una categoría de country-rock... y me tiro toda una mañana de sábado para grabar cinco canciones de cd al ordenador y del ordenador al iPod. Tedioso y desquiciante. Pienso en todas las categorías que me gustaría crear y, en un cálculo rápido, tardaré como 35 años. Además, de tanto abrir y cerrar la compuerta del cd del ordenador, se me va a terminar rompiendo. Sólo de pensar en el trasiego se me esfuman las ganas.
Un iPod incompleto es un iPod inútil. Para escuchar cuatro canciones no hacen falta tantas gaitas. Pero, imaginando que estuviera repleto de buena música, ¿cuándo escucharla? Exceptuando mi visita matinal al cuarto de baño (con perdón) no dispongo de un rato largo para disfrutar de una buena selección de música portátil. Si voy en el coche, pongo un cd o sintonizo la radio. Si estoy en casa, prefiero permanecer en éxtasis frente a mi colección de cds el tiempo que sea necesario hasta escoger uno que me haga pasar un rato placentero. ¿Entonces el iPod?
Al iPod le falla, además, el sistema de escucha. Siempre he odiado los auriculares de bolsillo con toda mi alma: en cuanto se te sale la almohadilla que viene de fábrica, estás perdido. Cuando intentas ajustar una nueva la das tanto de sí que tiene los días contados.
Probablemente soy demasiado carroza para asimilar todo esto (como certifica el empleo de la palabra carroza, en desuso desde los años ochenta). El iPod me parece un invento alucinante, pero por ahora no encuentro la manera de hacer uso de él.
Aptitudes
Hay quien está capacitado para diseñar y levantar edificios y quien, por mucho que se lo propusiera, nunca lo conseguiría. Hay quien está maravillosamente dotado para tocar el piano y hay quien carece de cualquier tipo de destreza artística pero, en cambio, posee una técnica prodigiosa para jugar al fútbol. Hay quien es negado para el deporte pero tiene unas manitas de oro para arreglarte una cañería.
Sin embargo, hay una actividad para la que, por lo que parece, todos estamos capacitados: conducir. No importa si eres habilidoso o torpe; rápido de reflejos o lento; responsable o loco; si eres un manojo de nervios o un témpano de hielo; joven o viejo. Aprobarás el examen a la primera o a la décima, pero te sacarás el carné de conducir. Con el tiempo, y dado este régimen restrictivo y punitivo en el que vivimos, a lo mejor lo pierdes, pero, por lo pronto, ahí tiene usted su carné.
¿Qué pasaría si todos estuviéramos legitimados para construir casas y nos pusiéramos manos a la obra? Que la mitad se caerían.
Pan, vino y postre, 12 euros
Una de las transformaciones más notables que ha provocado mi cambio laboral tiene que ver con los hábitos alimenticios. Antes, en la época de la tele (me gusta lo de "época" porque suena muy lejano), comía en un comedor tipo carcelario, bandeja en mano con primer plato, segundo, bebida y postre, todo a la vez. Solía optar por verdura y carne o pescado a la plancha. Ahora, en esta nueva etapa, he vuelto al "menú del día": grasienta opción mediante la cual, por un precio razonable, puedes meterte entre pecho y espalda enormes platos de la gastronomía española pletóricos de salsas, patatas y guarniciones variadas, todo ello respaldado por pingües raciones de vino y pan. Como resultado obvio, noto un ligero (por ahora) aumento de peso que ni siquiera el spinning está logrando eliminar.
Los bares/restaurantes de menú del día son todo un universo digno de estudio. Basándome en la escueta oferta de la zona, distinguiría entre dos tipos: el bar de albañiles, que se caracteriza por una atmósfera humeante que adquiere texturas sólidas, un adherente aroma a fritanga, una televisión en to' lo alto (por su situación y por su volumen) y una clientela que acude invariablemente ataviada con el mono de trabajo salpicado con manchas de pintura. Por otro lado, estaría el restaurante con pretensiones, donde puedes ir a cenar cualquier día del año si estás dispuesto a pagar 40 euros por barba, que a mediodía tiene la deferencia de preparar una selección de platos a un precio bastante asequible. Aquí la clientela cambia: abundan las corbatas horrorosas, los trajes de Emidio Tucci y los ejemplares manoseados y arrugados (probablemente no leídos) de El País y/o El Mundo.
Pero en el fondo no hay tanta diferencia. Ignoro cómo funciona la compraventa de alimentos en Mercamadrid, pero me causa extrañeza comprobar que, ciertos días, todos los restaurantes coinciden en sus menús con calamares a la romana. El vino de la casa, tan malo que hace que el célebre Don Opas parezca ganador de varias medallas europeas, suele ser el mismo en todos los sitios: en realidad se trata de un vino garrafón (también conocido como peleón), siempre bien refrigeradito (¿por qué?), que viaja incansable de botella en botella. El relleno: una práctica deleznable que cobra sentido cuando hablamos de vinos de mesa sólo digeribles con gaseosa (o por estómagos de hombres de pelo en pecho).
Otro aspecto destacable es el ritmo. Como en una estudiada coreografía, los camareros (orondos especímenes que, sin duda, sólo aparecen por el restaurante en esas horas de trasiego) revolotean por entre las mesas enfrascados en una frenética actividad. No tienen tiempo ni de respirar; lo mismo que el cliente. Te estás sentando cuando ya te vienen para tomarte nota. Increíblemente, acabas de pronunciar la última sílaba del segundo plato cuando te aparece otro camamero y te planta, sin contemplaciones, el primero sobre la mesa. Sudan, resoplan, tropiezan, se giran sobre sí mismos: son marionetas en manos del dueño del local, que exige distribuir las horas de comida (de 1 a 4, digamos) en cuatro turnos irreductibles. Eso se traduce en que ningún comensal puede estar sentado más de media hora, de ahí la extenuante actividad de los camareros.
En el fondo son sitios entrañables, lugares para enfrascarse en apasionadas tertulias o para observar, en silencio, lo que pasa a tu alrededor. Como diría alguien, para mirar la vida pasar.
Entrevistas
Siguiendo una extendida tradición, los asesores de El Artista indicaron al periodista, antes de empezar, que sólo podría preguntarle por Su Música y Su Disco.
El periodista les aseguró que seguiría sus indicaciones. De modo que cuando se sentó frente a El Artista, le planteó, impertérrito, las siguientes preguntas:
¿A qué se debe ese uso recurrente de la escala pentatónica? ¿Prefieres las rimas consonantes o asonantes? ¿Qué modelo de mesa de mezclas ha usado tu productor en este disco? ¿Qué distorsión se ha empleado en el solo de guitarra del corte tres? ¿Por qué ninguna canción acaba con un “fade out”? Y hablando del disco, ¿prefieres “digipack” o estuche de plástico?
(Esta historia es inventada. No obstante, está inspirada, en parte, en una vieja anécdota según la cual un antiguo compañero le hizo a un grupo una de esas preguntas. El grupo terminó protestando por la entrevista -¿una entrevista “demasiado” musical, tal vez?-, y acusando al periodista de estar borracho; cosa que, por otra parte, era cierta.)
Londres
He perdido la cuenta de las veces que he estado en Londres, deben de ser más de quince. Pero siempre he ido por trabajo. Aunque en todas las ocasiones procuré hacer escapaditas a mi aire (especialmente a los mercadillos, las zonas de tiendas, los monumentos más emblemáticos y, ejem, una vez tuve la ocurrencia de meterme en el museo de cera de Madame Toussaud), nunca había ido estrictamente de turista.¿A dónde voy?
La semana pasada estuve cuatro días en Londres y, además de las obligadas visitas a Camden, Portobello y las tiendas del centro, visité sitios que no conocía. Por ejemplo, dimos un paseo alrededor de la Torre de Londres, merodeamos por la Abadía de Westminster y pasamos casi una mañana entera en la Tate Modern Gallery, el museo de arte moderno y contemporáneo instalado en un impresionante edificio (una antigua central eléctrica, creo) a orillas del Támesis. Nos limitamos a la colección permanente, abrumadora, aunque la visita merece la pena aunque sólo sea por ver el edificio por dentro, con una amplísima explanada inclinada a la que se accede nada más entrar y la posibilidad de descender de planta no sólo en ascensor sino deslizándote tumbado por unos tubos de aspecto futurista (que no probé debido a mi creciente claustrofobia).El fastástico aspecto del interior del Tate Modern, con sus tubos/ascensores.
Mención especial para Harrods. Tampoco conocía el edificio central (en Kingsbridge) de la autoproclamada mayor cadena de grandes almacenes del mundo, y aunque la idea no me entusiasmaba acepté ir atendiendo al reclamo de una espectacular exposición de guitarras organizada en la segunda planta. Docenas de guitarras utilizadas por músicos míticos (de Bo Diddley a Jimi Hendrix pasando por George Harrison) y guitarras customizadas por artistas y diseñadores (y algún músico, como el ubicuo Bono). Guitarra diseñada por Bono (U2), titulada "Pedro y el lobo".
Antes de quedarme boquiabierto con las guitarras, me quedé ojoplático con la sección de alimentación. Está distribuida en diferentes estancias decoradas con ostentoso lujo: una para carne y pescado, otra para embutidos, otra para frutas y verduras... Un inmenso delicatessen, donde los productos están delicadamente expuestos en mostradores que parecen diseñados por escaparatistas. Encuentras cortes de carne que no sabías que existían, tomates del tamaño de un melón y cerezas a 50 libras el kilo (75 euros, más o menos). Todo ello, junto a la sección de joyería: los chuletones al lado de los relojes de Cartier.Harrods: joyas de Cartier y chuletones.
Por supuesto, aproveché el viaje para hacerme con un buen cargamento de discos, primero en la Virgin, luego en la HMV y por último en una tiendita muy lustrosa en Camden Town. Paso a enumerar.
Fairport Convention, "Liege & lief".
Karen Dalton, "It's so hard to tell..." (más folk de finales de los sesenta).
Joanna Newsom, "Ys" (folk, pero de ahora: no lo tenía y lo encontré a buen precio).
Ali Farka Touré y Toumani Diabaté, "In the heart of the moon" (no lo encontré en España; lo descubrí el pasado verano en un avión de Singapore Airlines, donde cada pasajero puede escoger DVDs y discos para escuchar durante el viaje).
David Crosby, "If I could only remember my name".
John Coltrane, "A love supreme" (en España sólo encontraba la carísima edición de lujo).
Damien Rice, "0" (no tenía su primer disco y allí estaba tirado).
Small Faces, "Definitive collection" (lo vi cuando iba a pagar, estaba baratísimo y lo pillé).
Portishead, "Dummy" (lo tenía pero me desapareció misteriosamente).
Y una recopilación de drum & bass de 3 libras (un sonido que me parece puramente londinense).
En el capítulo gastronómico, comimos bastante bien en un libanés al lado de Harrods y decentemente en un italiano del Soho y en un buffet mongol (como suena). Comiendo en un libanés. Bonitas lámparas.
Aunque el descubrimiento fue un restaurante llamado Garlic & Shots (14 de Frith Road, en el Soho), que como su nombre indica está especializado en ajo y chupitos (que puedes elegir de una carta con 101 variedades, la mayoría de vodka). En realidad es un antro estrecho, oscuro y ruidoso, de dos plantas, con música de Mötley Crüe, Led Zeppelin y Mars Volta de fondo, por donde desfilan heavies, personajes indescriptibles y gente más o menos arreglada. Vimos a alguno que salía dando tumbos. La comida estaba buenísima (me pedí unas costillas al ajo, cómo no, y estaban tan tiernas que se deshacían), el vino está a un precio razonable (10 libras el tinto de la casa, francés; 15 euros) y los chupitos de vodka al final nos supieron a gloria. Aunque el servicio es bastante borde (cuando le recriminé al camarero que estaba tardando el segundo me soltó, "Esto no es un McDonald's"), el sitio es pa' verlo.Pedazo de cena en el Garlic & Shots: costillas, gambas, exquisito pan de ajo y rock and roll.
Ectoplasmas de la radio libre
Iker Jiménez, analiza esto: los ectoplasmas radiofónicos de Vencido (a la derecha) y un servidor.
El domingo 4 el amigo Vencido me invitó a su programa de radio, que se llama igual que su blog: "Menosprecio de corte y alabanza de aldea". Lleva en antena, me contó, desde 1993, primero en Radio Vallekas y ahora en Radio Utopía. Eso es llevar la radio en las venas y lo demás son tonterías.
Su propuesta se basaba en dedicar su hora de emisión a repasar algunas de las canciones de "mi" vida. Consciente de la dificultad de comprimir en tan sólo una hora todas las canciones que podrían enmarcarse en semejante epígrafe, mi playlist fue el siguiente:
Radiohead, "Paranoid android".
Asfalto, "Días de escuela".
Electric Light Orchestra, "Shine a little love"
Kiss, "Hard luck woman".
The Zombies, "Hung up on a dream".
La Buena Vida, "Magnesia".
Gram Parsons, "Hickory wind".
Los Secretos, "Ahora que estoy peor".
J. S. Bach, "Cello suite nº1, BWV 1007".
Se quedaron sin pinchar, por falta de tiempo, Afghan Whigs, Rick Nelson y el francés Raphael. Pero la lista podría haber sido mucho más extensa: los Smiths, Bob Dylan, los Kinks, Rick Wakeman, los Bee Gees, Judas Priest, Townes Van Zandt, Steve Earle, Donovan... Una selección inconexa, sí; pero todas ellas canciones que han tenido sentido para mí en uno u otro momento por alguna razón.
Me gustó conocer Radio Utopía. Tienen unas instalaciones modestas pero acogedoras, en un piso bajo de San Sebastián de los Reyes. La gente que encontramos allí me pareció muy agradable.
Luego, Vencido y yo nos tomamos un vino en un bar llamado Road, de los de clientela fija (parecía que llevaran allí años) formada por jubilados, bebedores y jugadores de mus bebedores y en edad de jubilarse. Sé que Vencido siente debilidad por este tipo de lugares, honrados bares españoles. Incluso Vencido, que me invitó, tuvo la ocurrencia de pagar la cuenta (2 euros) con un billete de 50, y el camarero lo aceptó sin un mal gesto. No quedan muchos sitios así.
La experiencia fue una gozada, así que espero que podamos hacer una segunda parte en el futuro.
Hasta la vista
Winds of change
Cambios. Pensé que en mi carrera profesional ya no habría cambios. Sinceramente, estaba convencido de que, a este paso, me jubilaría en la tele.
Sin embargo, el momento del cambio ha llegado. Mañana viernes día 19 de enero será mi último día en 40TV (y mi último día en la televisión). He aceptado el encargo de dirigir, desde este próximo lunes, la Revista 40.
El cambio me apetece mucho por varias razones. Recuerdo con mucho cariño mis días en El Gran Musical, donde entré en 1990. Siempre he dicho que fue en esos años cuando aprendí (bien, mal o regular) este oficio y me apasioné con el periodismo musical. Esa ha sido la razón, y no otra, de que en todo este tiempo nunca haya dejado de buscarme la vida para escribir aquí o allá.
Empecé a trabajar en tele en 1994, en Canal+. En abril hará ¡13 años! No cabe duda de que 13 años es mucho tiempo. Demasiado. Curiosamente, suelo utilizar como parámetro de la rutina los "visionados": reuniones semanales en las que veíamos todos los vídeos musicales que nos llegaban. Es lo único que se ha mantenido invariable en estos 13 años: un visionado todos los lunes, todas las semanas, todos los meses, todos estos años.
Además, la tele es un medio muy ingrato para trabajar. Puedes hacer una magnífica entrevista a Mick Jagger, pero si luego el cámara te la graba con poca luz, o se escucha mal, o el realizador la edita de tal manera que no se entiende, se ha echado a perder.
Ahora que no hay marcha atrás, veo que necesitaba el cambio. Siento la continuidad aquí asfixiante. Siempre quise hacer una revista: ha llegado el momento.




