Cambios. Pensé que en mi carrera profesional ya no habría cambios. Sinceramente, estaba convencido de que, a este paso, me jubilaría en la tele.
Sin embargo, el momento del cambio ha llegado. Mañana viernes día 19 de enero será mi último día en 40TV (y mi último día en la televisión). He aceptado el encargo de dirigir, desde este próximo lunes, la Revista 40.
El cambio me apetece mucho por varias razones. Recuerdo con mucho cariño mis días en El Gran Musical, donde entré en 1990. Siempre he dicho que fue en esos años cuando aprendí (bien, mal o regular) este oficio y me apasioné con el periodismo musical. Esa ha sido la razón, y no otra, de que en todo este tiempo nunca haya dejado de buscarme la vida para escribir aquí o allá.
Empecé a trabajar en tele en 1994, en Canal+. En abril hará ¡13 años! No cabe duda de que 13 años es mucho tiempo. Demasiado. Curiosamente, suelo utilizar como parámetro de la rutina los "visionados": reuniones semanales en las que veíamos todos los vídeos musicales que nos llegaban. Es lo único que se ha mantenido invariable en estos 13 años: un visionado todos los lunes, todas las semanas, todos los meses, todos estos años.
Además, la tele es un medio muy ingrato para trabajar. Puedes hacer una magnífica entrevista a Mick Jagger, pero si luego el cámara te la graba con poca luz, o se escucha mal, o el realizador la edita de tal manera que no se entiende, se ha echado a perder.
Ahora que no hay marcha atrás, veo que necesitaba el cambio. Siento la continuidad aquí asfixiante. Siempre quise hacer una revista: ha llegado el momento.
Winds of change
TV y música pop
Ya se ha aplicado la predecible sentencia: Cuatro ha decidido extirpar de su rejilla el espacio musical "40 Pop". La noticia me ha dejado con una fuerte sensación de frustración, porque me gusta la música y, además, yo trabajaba en ese programa.
Es el segundo programa musical que cae de la televisión generalista en seis meses, que yo sepa. El verano pasado La 2 se cepillaba "I-Pop", un programa en el que había puestas muchas esperanzas, producido por un equipo altamente cualificado de especialistas musicales (entre ellos, el amigo Vencido) aunque, para mi gusto, dirigido con dudoso criterio por un veterano y desganado DJ radiofónico perteneciente a la generación de los intocables a quien traicionó su inexperiencia en el medio.
Creo que "40 Pop" tenía calidad. Programado para la mañana de los sábados, cuando sólo los preadolescentes están frente a la TV, "40 Pop" tenía un enfoque musical muy claro. No era para musicólogos, pero cumplía con la sempiterna asignatura pendiente de "música en directo en televisión" (lo mismo que "I-Pop"). Creo también que los reportajes eran novedosos: en "40 Pop" se pudo ver a Coti conduciendo un deportivo, a (los) Pereza jugando al golf o a Merche sometida a un tratamiento de spa, por poner sólo tres ejemplos. Probamos fórmulas diferentes, como contar las noticias musicales rapeando (a cargo de un premiado rapero profesional). Quienes creamos el programa, en otoño de 2005, pensamos que sería recibido como el-programa-musical-que-tanta-falta-hacía. Ilusos.
Desde el principio, "40 Pop" no interesó a ninguna de las partes, digamos, que convergían en su elaboración. Las discográficas nunca llegaron a enterarse del todo de su existencia y, por tanto, su colaboración fue escasa y torpe. (Asumo que tampoco nosotros supimos hacerles ver su relevancia.) El hecho de tener música en directo, en vez de convertirse en un valor añadido para el programa, era un problema. Para los grupos era un engorro: se pasaban la tarde entera haciendo esas soporíferas pruebas de sonido, tan largas y tediosas como si fueran a hacer un concierto entero de dos horas, todo para dos o tres temas. Muchos, como acababan de sacar disco, decían que no tenían "preparado" el directo (y digo yo: ¿no se sabían las canciones que acababan de grabar?). Si el artista era un solista, todavía no tenía la banda montada (músicos contratados) para el directo. Por si no era suficiente, el público ni siquiera sabía apreciar que el grupo estaba tocando en directo. Habría dado lo mismo hacer playback.
Hoy en día sólo hay tres temas en televisión: Fútbol, Política y Corazón. Es de lo que habla la gente en la calle: de Luis Aragonés, de las obras de Gallardón y del culebrón Pantoja. Como ha quedado patente, la música, por desgracia, no interesa a nadie. Ni a las discográficas, que no supieron colaborar. Ni a los artistas, la mayoría de los cuales veía molesto tener que tocar en directo. Ni a los espectadores, que, según los datos de audiencia, no lo abrazaron precisamente con entusiasmo. Como consecuencia, tampoco a la cadena que lo emitía, que advirtió, comprensiblemente, que podía obtener un share más alto con otro tipo de programas.
En fin, así como nació, así se ha ido: sin que nadie se entere. Descanse en paz.
Canción de la semana: La Oreja de Van Gogh, "Dulce locura" (2006)
Sin paños calientes: me gusta, y mucho, uno de los temas nuevos de La Oreja de Van Gogh, "Dulce locura".
De entrada diré que hay, en mi opinión, muchos prejuicios a la hora de juzgar a este grupo y otros artistas similares. Decir en público que te gusta La Oreja de Van Gogh es casi un sacrilegio tan grande como anunciar que nunca te pierdes "Aquí hay tomate" (mi programa de TV favorito, por otra parte, del que algún día hablaré aquí largo y tendido; yo esto lo he soltado más de una vez y realmente la gente me mira raro). Cada vez que sacan disco, no lees una crítica no ya buena, sino bien argumentada. Varapalo y santas pascuas. A mí éste es un disco del que me habría encantado escribir. Se pueden decir cosas de él aparte del palo.
La canción es perfecta. Está magníficamente construida. La melodía de las estrofas es deliciosamente simple (tres notas). El estribillo es formidable. El puente me gusta menos, me recuerda a La Oreja de otros discos.
Y qué decir de la letra. Los chicos han pasado de rimar infinitivos como descosidos ("amar" con "soñar" y "volar" y "dudar") a elaborar aquí una rima muy poco manida, como es "luna", "locura", "menuda", "burla" y "esfumas". Estarán de acuerdo conmigo en que rimar sílabas u-a habitual no es.
Otra cosa es que la voz de Amaia te cargue. O que hayan colado la canción en un anuncio de una colonia de Don Algodón (el colmo del pastelón). O que la protagonista de dicho anuncio sea Edurne (ya la releche). Pero la canción es un temazo, de verdad. Escuchénlo sin prejuicios.
Oro, incienso y mirra
Al profano en la materia le encantará saber que las discográficas suelen (o solían) hacer regalos por Navidad a aquellos que durante todo el año se han encargado de dar a conocer su mercancía a los posibles compradores, y lo han hecho de buena gana y por supuesto gratis (sin otra contraprestación que un sueldo de su propia empresa): los periodistas. Es la clásica relación vendedor-cliente, lo mismo que el temeroso paciente que le obsequia a su doctor con una cara botella de vino. Una muestra de agradecimiento que, de camino (no nos engañemos), intenta garantizar que la relación siga siendo fluida en el futuro inmediato.
Esto lo sabemos quienes llevamos ya algunos años metidos en esta oxidada maquinaria sonora, porque la realidad es que actualmente las discográficas no dan ni los buenos días. Ojo, no me malinterpreten: no es una queja. Simplemente lo cito como otro síntoma más de la ruinosa salud de unas corporaciones multinacionales que han perdido el rumbo, las ideas, la imaginación y hasta los modales. Tampoco piensen que se trataba de ostentosas dádivas: eran lo que comúnmente se conoce como “detalles”. Una botella de vino, un calendario bonito, una edición especial de un disco.
Sin embargo, desde hace unos pocos años, han cerrado el grifo de la gratitud. ¿Podría ser que quien suscribe es menos “influyente” ahora que hace tres, cinco o dieciocho años? No, en realidad quiero pensar que es más bien al contrario. El caso es que esta Navidad las grandes discográficas se han ahorrado unos euros. Ni un mísero calendario. Ni siquiera una de esas ediciones especiales que lanzan al mercado de cara a las ventas navideñas. Enumero: tres botellas y un frasco de queso en aceite cortesía de una minúscula compañía cuyo principal valor es un desconocido artista de pop latino; la tradicional agenda con mi nombre impreso de parte de una amistosa discográfica dedicada al heavy metal; y la habitual litografía, edición limitada, realizada por un maestro del grafiti, gracias a un sello de hip hop.
Ah, se me olvidaba: el modesto calendario que he puesto encima de la mesa me lo ha enviado una empresa denominada Producciones Artísticas Fonthy, con sede en Estepona, a los que no tengo el placer de conocer, ilustrado con la foto de un caballero que, a tenor del micrófono en mano, debe de ser el artista estrella de su catálogo, lástima que no se hayan acordado de poner su nombre por ningún lado… A todos ellos, muchas gracias.
JERRY Xmas y Happy New WEIR
El título es un plagio de un SMS que recibí el año pasado (quiero decir, cuando entrábamos en 2006) enviado por un conocido que, a la vista está, es un fanático de los Grateful Dead.
Hoy vuelvo a mi rutina habitual, después de unos días de "bien merecidas vacaciones" (una de mis muletillas favoritas, a la altura de "la jornada electoral está transcurriendo con absoluta normalidad"). Sí, me he tomado vacaciones de varias cosas, no sólo de trabajo: me he tomado vacaciones de gimnasio, incluidas las sesiones de spinning; me he tomado vacaciones del blog; me he tomado vacaciones de la música rock (mucha clásica, a excepción, ay, del magnífico disco nuevo de Damian Rice); y me he tomado vacaciones nutricionales, o lo que es lo mismo: me he puesto como un cerdo comiendo. Esto último, unido a las ya citadas vacaciones del spinning, ha traído como consecuencia unos kilos de más que espero quitarme ya mismo volviendo a pedalear como un loco.
Ah, también he dejado de leer prensa o libros musicales estos días. A cambio, me he enfrentado a una novela surrealista titulada El tercer policía, de Flann O'Brien, que he devorado en mi afán de descubrir qué había detrás de todo el absurdo que contiene.
Ahora todo eso pasó, y en estos momentos me introduzco en la rutina laboral con la cautela de quien introduce los pies en el agua helada de una orilla en invierno. Esta tarde prometo ponerme el pantalón corto y la camiseta de tirantes (ugh) y volver al gym. He empezado a leer la voluminosa biografía de los Who de Dave Marsh. Además, han vuelto Los Serrano: ¿se puede pedir más?
Lo mejor (y lo menos bueno) de 2006
Adiós, 2006. Hora de hacer balance. A continuación, una lista de lo mejor y lo menos bueno que ha producido la música este año.
ARTISTA MÁS IRRITANTE (MASCULINO)
Ok Go
ARTISTA MÁS IRRITANTE (FEMENINA)
Lily Allen, Fergie, Juliette Lewis (ex aequo)
MEJOR DISCO DE UN ARTISTA DE 70 AÑOS O MÁS
This old road, de Kris Kristofferson 
MEJOR DISCO PÓSTUMO
American V: A hundred highways, de Johnny Cash
MEJOR DISCO DE COUNTRY
Nashville, de Solomon Burke
MEJOR CANCIÓN PARA BAILAR
“The skin of my yellow country teeth”
Clap Your Hands Say Yeah!
MEJOR BALADA ITALIANA
“Y estaba contentísimo”
Tiziano Ferro
CONCIERTAZO DEL AÑO
The Who en el Palacio de los Deportes de Madrid
MEJOR REAPARICIÓN
Neil Diamond
MEJOR VÍDEO MUSICAL
“A view from the afternoon”
Arctic Monkeys
(Director: W.I.Z.)
MEJOR DVD MUSICAL
Gram Parsons. Fallen Angel, de Gandulf Hennig
VÍDEO ESPAÑOL MÁS PRETENCIOSO E INSOPORTABLE
"A la primera persona", de Alejandro Sanz
(Director: Jaume de Laiguana)
SORPRESA DEL AÑO
Vetiver
OBSESIÓN DEL AÑO
Nuevo pop francés: Raphael, Camille, Da Silva
MEJOR LOOK
Marta Sánchez en el concierto de 40 Principales del Vicente Calderón
PEOR LOOK
“Los” Pereza
MEJOR ‘CANAPETEO’
Presentación aniversario 40 Principales (Museo de Arte Reina Sofía, Madrid)
El pop se vuelve rosa (cont.)
Ya lo dije yo aquí.
Alejandro Sanz ha destapado la caja de los truenos.
Hoy asistimos al desarrollo de varias tramas cruzadas: el mayordomo traidor que es detenido; las declaraciones de Capi día sí, día también; las primeras imágenes de la madre del niño; la portada de Jaydy Mitchel en ¡Hola!...
Canción de la semana: Donovan, "Legend of a girl child called Linda" (1966)
Su obra maestra Sunshine superman (1966) no puede empezar mejor. Después de abrir fuego con el demoledor tema del mismo título, que mostraba un confiado salto al rock hippy, Donovan nos endosa este maravilloso cuento de hadas en la más pura tradición folk. El primer verso es para enmarcarlo: "Te traeré manzanas de oro y uvas hechas de rubíes". Aparentemente, está dedicada a Linda Lawrence, por entonces todavía novia de Brian Jones de los Stones; y no es de extrañar que con esta graciosa melodía Donovan se la llevara de calle (creo que Donovan y Linda siguen juntos; tienen dos hijos con los insuperables nombres de Astrella Celeste y Oriole Nebula). La letra es sublime, tiene la duración perfecta (casi 7 minutos) y unos intermezzos orquestales que, pese a haber envejecido mal, contribuyen a crear una atmósfera mágica.
Nostalgia de cuarentón
No ha sido fácil: la presentación tiene que ir acompañada de una buena anécdota personal, por lo que me ha llevado un buen rato elegir la canción adecuada. Por cerrar el espectro, me he centrado en la música con la que crecí: la de finales de los setenta.
Mientras hojeaba un cuadernillo con todas las listas de 40 de la historia, me daba cuenta de que prácticamente todos los números 1 de esos años eran, precisamente, las canciones que me gustaban: “Da ya think I’m sexy” de Rod Stewart; las canciones de Grease; las de Fiebre del sábado noche; el impresionante “Born to be alive” de Patrick Hernández; “Lady writer” de Dire Straits; incluso Abba o Boney M… (todas éstas son de 1978-79; ¡dios que viejo soy!).
En aquellos días yo tenía 11 o 12 años y, por descontado, carecía de presupuesto para discos o cualquier otra cosa que costase más que un sobre de cromos. Empecé grabándome canciones de la radio. Como no tenía radiocasete (no sé si es que no se había inventado o que, simplemente, yo no lo tenía), acercaba una grabadora a la radio y registraba de ese modo las canciones que me gustaban. Esto tenía un problema evidente: si alguien entraba en la habitación y hacía ruido, ese ruido se colaba en la grabación.
Algo después empecé a comprarme singles. Algunas de las canciones antes citadas cayeron como single. Era barato e infalible: conseguías “la canción”. Recuerdo que había cierto desajuste temporal: en no pocas ocasiones en las tiendas me decían que el single que buscaba todavía no había salido, aun cuando llevaba sonando en la radio semanas, lo cual me daba mucha rabia.
Inmediatamente después pasé al LP.
La canción que finalmente he elegido para el programa es “Too much heaven”, de los Bee Gees (1979). ¿La razón? El LP en que estaba incluida, Spirits having flown, fue (si no me falla la memoria) el primer LP que me compré. Recuerdo incluso dónde: en una pequeña tienda de la calle Gaztambide, en el barrio de Argüelles (mis abuelos vivían a 50 metros), que no sé si sigue abierta. Me acuerdo de que compré dos discos, pero del otro no estoy seguro del todo; probablemente fue un LP de un grupo de rockabilly muy divertido que se llamaba Rocky Sharpe & the Replays.
Los chavales de entonces habíamos descubierto a los Bee Gees el año antes: eran quienes cantaban las canciones de la película Fiebre del sábado noche. El mundo de las discotecas nos parecía lejano, misterioso y fascinante. Y además, en esa banda sonora había temas formidables. De manera que cuando los Bee Gees sacaron su siguiente disco, ampliamente difundido por la radio, me hice con un ejemplar.
En esos tiempos, los chavales de 12 años nos gastábamos la paga en discos, fíjense qué cosa. Los escuchábamos del tirón, con la única pausa necesaria para poner la cara B, mientras mirábamos hipnotizados la portada, la contraportada y las fotos interiores. Para aquellos críos, los discos eran un tesoro. Tanto, que los conservamos como oro en paño durante el resto de nuestras vidas.
Me habría gustado hablar de Rod Stewart y su “Da ya think I’m sexy”, pero no tienen el vídeo. La anécdota es mejor. Rod Stewart tenía un look deslumbrante: su pelo rubio platino era lo más moderno que había visto en mi vida. En 1979 la tele todavía se veía en blanco y negro, por lo menos en mi casa, y curiosamente mis abuelos tuvieron una tele en color antes que mis padres. Así que un día que estaban emitiendo una actuación de Rod Stewart llamé a mis abuelos para preguntarles de qué color tenía realmente el pelo. Cosas de críos. Y mi abuelo, sin prestarme mucho caso, sin entender mucho la pregunta, me dijo: “Pues… azul… o rojo…”. Yo me quedé alucinado porque Rod Stewart tenía el pelo tan rubio que era casi blanco, y estuve dándole vueltas al asunto un buen rato hasta que resolví que era el color de los focos del escenario el que se reflejaba en su pelo, dándole esas tonalidades.
El pop se vuelve rosa
Los músicos siempre se quejan, pero en España los artistas de pop han sido tradicionalmente respetados por la prensa, incluida la rosa. Cierto es que esto se debe, en parte, a que la música importa bien poco en nuestro país. En otros lugares con mayor cultura musical las celebridades más prominentes son, precisamente, los músicos. Echen un vistazo a cualquier ejemplar del Hello!: la mayoría de las páginas están monopolizadas por Rod Stewart y sus hijas, James Blunt y sus novias, Paul McCartney, Elton John...
También hay otro factor determinante, y es que el auge actual de la prensa del corazón coincide con el momento más bajo de la música. Años atrás, cuando la música interesaba un poco más y la gente cometía la osadía de entrar en las tiendas de discos (para comprar), habríamos tenido titulares de primera. Pero la apisonadora rosa no estaba tan perfectamente engrasada como ahora. De lo contrario, Nacho Cano, Antonio Flores, Miguel Bosé o Alejandro Sanz habrían ganado puntos suficientes como para tener una sección fija en los medios del género.
Ayer, día 12, por la tarde, Alejandro Sanz envió un sorprendente comunicado a los medios en el que anunciaba que es padre de un niño de tres años, fruto de una relación extramatrimonial. Posteriormente, he podido saber que el mundillo del corazón andaba cocinando la noticia, y que incluso una agencia (Korpa) había conseguido la exclusiva del nombre de la madre. Aparentemente, el comunicado de Alejandro pretendía adelantarse a los acontecimientos; dar una explicación (que nadie le ha pedido) y zanjar el asunto.
Creo que Alejandro Sanz se ha equivocado. No es la primera vez que se habla de él en semejantes foros (¿recuerdan aquella leyenda urbana que tenía que ver con una fiesta que acababa en urgencias?), y hasta ahora se había mantenido sabiamente al margen. Esta vez, en cambio, ha entrado al trapo. Además, para quienes ignorábamos el rumor, el comunicado ha supuesto una auténtica conmoción: ¿a qué viene esto? ¿Alejandro Sanz se ha convertido en una agencia de noticias de su propia vida?
El hecho de que Alejandro Sanz haga estas declaraciones es ya, de por sí, otra noticia, con lo que la prensa rosa tiene dos noticias. La desconocida paternidad pasa a un segundo plano: ahora se especula con qué oscuras razones han llevado al cantante a pronunciarse sobre su vida privada. Se habla de chantaje, de traición.
No es probable, pero puede que a partir de ahora, la prensa del corazón vislumbre nuevos horizontes con los músicos de pop. En tal caso, serviría para que estos se dieran cuenta de lo bien que se les ha tratado hasta la fecha.
Vacaciones en Roma
... largas colas, sobredosis de carbohidratos, más aglomeraciones...
... autobuses atestados, lluvia, vino, más aglomeraciones...
... sol, villancicos, amor, cumpleaños.

Los 40
Ya es oficial: soy cuarentón.
¿Qué se siente? Por ahora nada especial. Lo de "cuarentón" todavía no me ha caído encima como una losa, pero lo hará. De momento, y como desde hace algún tiempo, me siento relativamente fresco, fuerte y jovial. Mi aspecto físico no me produce excesiva grima. De hecho, ya me habría gustado estar así hace 15 años. Presiento que si en el futuro miro fotos mías actuales no me moriré de vergüenza.
Me da cierto vértigo pensar en los 40 como la mitad de una vida. Aunque acto seguido pienso que conseguir que los 40 sean la mitad de tu vida es para darse con un canto en los dientes. Supongo que en breve llegará la famosa crisis de los 40. No sé bien en qué consiste. Últimamente oigo mucho la frase "eres peor que los niños".
Mentalmente, empiezo a notar ligeros desajustes. A veces, cuando quiero decir "calor", digo "frío", que es justo lo contrario. Y me divierte: ¿por qué demonios la palabra que sale de mis labios es justo la opuesta a la que quiero decir? También me pasa con "tenedor" y "cuchillo", por ejemplo. Noto que soy cada vez más gruñón. Y, lo que me parece más grave: empiezo a ser consciente de que muchos de los que casualmente se cruzan conmigo me ven como un señor maduro. Con 40 ya no eres un chico.
PD: El 7 de diciembre también cumplen años Bertín Osborne y Tom Waits, prueba evidente de que los nacidos ese día somos auténticos purasangres.
Historias del gremio (IV)
Anoche sacrifiqué el concierto de Nouvelle Vague (música para turistas, según Vencido), por uno de esos actos socio-musicales en franca decadencia. Desde luego, ya nada es lo que era. Un famosísimo grupo español con chicarrona al frente invitaba a los medios afines (me declaro inocente) a una cena para celebrar que han vendido muchísimos discos.
La invitación, recibida días antes por correo electrónico, no tenía desperdicio. En una prosa anárquica y descabellada, el promocionero convocaba a "la gente que ha trabajado con ellos y les han apoyado" (curiosa manera de mezclar singular y plural), "sobretodo vosotros" (así, todo junto), prometía que no sería "un canapeteo" (me encanta el término), sino una cena con muy poca gente "sentados" (dato a tener en cuenta). El e-mail terminaba con una frase que disipó mis pocas dudas sobre mi asistencia: "No concebimos esta cena sin vuestra presencia".
Supongo que me estuvo bien empleado. Una vez allí, me di cuenta de que la cena "sentados" era realmente un auténtico "canapeteo" de pie, pero de los exiguos. Taquitos de queso del tamaño de un dado de parchís y elaboradísimos sorbetes de todas clases en minúsculos vasitos, que ingerías con la ayuda de una cuchara de plástico que difícilmente cabía en el vaso (y que te obligaba a tener las dos manos libres). Todo con austeridad, como no podía ser de otra forma en una industria menguante.
Mantuve un par de conversaciones interesantes con colegas del gremio, una de ellas sobre las virtudes del spinning. Con los chicos del grupo ni siquiera hablé (de hecho, nunca he cruzado una palabra con ellos) aunque parecen agradables.
Cuando llegué a casa tuve que prepararme una cena improvisada porque me moría de hambre. Y cené, entonces sí, "sentado".
Supongo que si alguien ajeno a la música lee esto, podrá pensar que quien está en franca decadencia es el periodista. Le invitan a cenar y encima se queja, el tío.
Pues puede que sí.
Disco de la semana: Antoine Forqueray, "Pièces de viole" (1747)
Llevo unos días escuchando de forma compulsiva la música de Antoine Forqueray.
Es un músico barroco, virtuoso de la viola. Lo descubrí la semana pasada. Confieso que uno de mis mayores vicios recientes es rastrear música desconocida usando los puntos de escucha que hay en la FNAC. Puedo pasarme horas pasando códigos de barras por el lector, intentando ansiosamente hallar música que me provoque un chispazo de emoción. Así he descubierto últimamente verdaderas joyas de música antigua y contemporánea (y así he tirado también unos cuantos euros en discos que luego, al escucharlos completos, me han defraudado).
Las piezas de viola de Forqueray podrían describirse como música celestial tocada por el diablo. De hecho, si de su gran rival de la viola Marin Marais se decía en aquella época que tocaba como un ángel, Forqueray se ganó fama de que tocaba como el demonio (estos días he estado escuchando también a Marais, de quien tengo un par de discos, y algo de cierto hay en ello). He leído que su vida fue tan impetuosa como su música: favorito de Luis XIV en la corte de Versalles, era engreído, antipático y millonario. A su esposa le hizo la vida imposible, hasta que, después de 13 años de litigios, ella consiguió el divorcio. Se dice que sus partituras eran tan difíciles de interpretar, que sólo él era capaz de hacerlo.
Cerramos los teléfonos
Enhorabuena, Mercedes Milá, por haber acuñado una expresión tan tonta. Cada vez que oigo eso de "cerramos los teléfonos" me viene a la mente la imagen de unos teléfonos abiertos, con los cables al aire. ¿No sería más coherente decir "colgamos los teléfonos", "cerramos las líneas" o simple y llanamente "dejamos de atender sus llamadas"?
El lenguaje televisivo no deja de aportar terminología absurda; absurda porque siempre hay una expresión igual de sencilla pero más apropiada. Una de mis favoritas, ya clásica, es la de "vamos a publicidad". Ahí la medalla hay que ponérsela a Emilio Aragón, cuando aún era Milikito, que en el "VIP Noche" de aquellos impagables primeros tiempos de Tele 5 soltaba continuamente aquello de "Dani, vamos a publicidad". Me irrita especialmente por dos cosas: en primer lugar, porque a mí me suena a jerga interna de la tele, como si se dijera "vamos a cabecera" o "vamos a separador"; y después, porque quien recurre a las muletillas es porque va en piloto automático y renuncia a la posibilidad de pensar en otra(s) frase(s) alternativa(s). Lo malo es que la frasecita ya ha traspasado fronteras de programas y canales y ahora todo el mundo "va" a publicidad...
Me acuerdo ahora también de ese penoso narrador de partidos de fútbol de Telemadrid, que invariablemente, cuando quedaban 5 minutos para el final del encuentro, pronunciaba la frase "al término del partido se quedan con el cine", siempre con las mismas palabras y en el mismo orden. (Por supuesto, no me tragaba todos los partidos, pero sí los del Atleti, y al menos en esos siempre caía; o nos tenía manía o es que lo decía siempre.) Qué frialdad, qué falta de imaginación, qué tristeza más grande.
Atleti-Real Sociedad: la vida sigue igual
El sábado volví al Calderón para ver al Atleti. Cayeron en mis manos dos invitaciones y aunque previsiblemente era el peor partido de la temporada (contra el colista, amenazando lluvia y retransmitido por televisión), decidí asistir. Hacía años que no iba.
Poco que comentar. Los atléticos sabíamos de antemano que cuando otro equipo atraviesa una mala racha y llega al Calderón, nosotros le brindamos una terapia curativa gratuita. La Real, que no ha ganado todavía ni un solo partido de Liga, a punto estuvo de llevarse los 3 puntos de nuestro estadio. Y si no lo hizo fue porque tuvieron la mala suerte de encajar un autogol en una jugada tonta. Ni siquiera fuimos capaces de hacer un gol al colista jugando en casa.
Puedes ausentarte durante años de este estadio, pero cuando regresas compruebas que nada ha cambiado. 
Despega como puedas
Ahora mismo debería estar sentado en una butaca del Teatre Musical de Barcelona estrenando un bonito traje negro y una estupenda corbata plateada, y presenciando in situ la gala de los Premios Ondas 2006, y sin embargo estoy en mi casa, con el pijama puesto, una copa de vino y escuchando el apacible disco de Madeleine Peyroux.
De hecho, este post tenía que haber sido distinto. Me apetecía contar desde mi punto de vista esta edición de los Ondas, premios a los que por primera vez me habían invitado (me hacía ilusión, después de 16 años trabajando en esa casa). Un post con un poco de música, glamour y un toque de petardeo. Sin embargo, la cosa se ha torcido. Y no sólo para mí, sino para un grupo bastante numeroso de invitados, entre ellos importantes artistas que iban a subir al escenario a recoger un premio, y que como yo, estarán ahora en sus casas con el pijama puesto y con la cabeza bastante descolocada.
Esta es la cronología de los hechos. No es una crítica ni un reproche ni una queja. En todo caso, es una fotografía de cómo sigue funcionando el sistema de transportes en este país. Pero no deja de ser una batallita de aeropuerto como otra cualquiera. Si lo cuento es porque, en el fondo, qué narices, ha sido divertido.
14:30h. Llego al aeropuerto de Barajas, hecho un pincel. Recojo mi tarjeta de embarque y me siento a picar algo ligero. Voy con tiempo: la hora de embarque es las 16:15. Luego tranquilamente me tomo un café.
15:45h. Me acerco a la puerta de embarque D60 y ya hay ambientillo. Acabo sentado en torno a una mesa donde están, entre otros, Miguel Ríos (premiado) y el productor Carlos Narea. Momentazo mítico porque ambos hicieron, entre otras cosas, el histórico Rock & Ríos. Fluyen las anécdotas. El legendario Miguel Ríos rememora su paseo triunfal por Estados Unidos y Canadá cuando sacó el “Himno a la alegría”. Una delicia escuchar al gran maestro evocando sus días de gloria.
16:15h. Hora de embarcar, sí, pero parece que hay demora. De momento nos mandan a otra puerta de embarque, la C46, a unos 10 minutos andando de donde estábamos. El grupo entero, todos los pasajeros del vuelo, todos invitados a la gala (todos de punta en blanco), se congrega de pie frente a la nueva puerta, pero el tiempo pasa y no hay signo de que nos llamen para embarcar. En un momento dado, anuncian que el vuelo se retrasa hasta las 18:00.
17:10h. Todavía permanecemos un rato más de pie frente a la puerta, hasta que, en un alarde de sensatez, propongo que nos sentemos en alguna cafetería a tomar algo, idea que es secundada por media docena de conocidos. Localizamos un bar y pedimos algo. Previendo que la tarde va a ser larga, me inclino por un pacharán.
17:45h. La cosa ya pasa de castaño a oscuro, y surge la incertidumbre. ¿Y si han llamado para embarcar y nosotros, aquí, no nos hemos enterado? Yo estoy tan ricamente con mi pacharán, pero me lo tengo que acabar de un trago porque algunos, presa de los nervios, quieren regresar. En ese instante llega más gente, directamente desde la puerta de embarque: allí no hay movimiento, nos informan. Pese a todo, nos dirigimos para allá y reanudamos la espera, de pie, frente a la puerta C46.
18:00h. Llevo ya tres horas y media en el aeropuerto. Lo tienen calculado, porque justo a la hora anunciada de la salida, por los altavoces informan de que por problemas “técnicos” el embarque no se efectuará hasta las 18:15 y la salida, no antes de las 18:30. Empezamos a ser conscientes de la gravedad de la situación. Vamos a una importante gala. Entre nosotros hay grandísimos artistas que acuden a recoger un premio. Y lo más inquietante: el inicio de la gala está anunciado a las 19:30. En una hora no nos da tiempo a despegar, aterrizar en Barcelona y cruzar la ciudad hasta llegar al Teatre Musical. Esto no puede estar pasando. Además, lo de los problemas “técnicos” da mala espina.
18:45h. Nos dicen que podemos subir al avión. Para entonces ya algunos, indignados, se han ido a sus casas. Hacemos cola. Para colmo, no podemos acceder directamente al aparato por un finger: hay que coger un autobús. Alguien, a punto de poner el pie en el bus, decide que se da la vuelta. Tras el paseo de rigor por las pistas, nos dejan al lado de un avión pintado con el logotipo de una compañía que no conocía pero que no olvidaré, cuyo extraño nombre acentúa la sensación de surrealismo: GirJet.
19:00h. Bien, hemos tenido que esperar cuatro horas y media pero ya estamos sentados, con el cinturón de seguridad abrochado. Además, me he cogido un buen sitio, en la salida de emergencia, y puedo estirar las piernas. El ambiente ya es de cachondeo absoluto. La tripulación nos sigue el rollo. Pero, ay, detectamos que un grupo de técnicos con chaleco verde fluorescente corre arriba y abajo por el pasillo. Ni siquiera se han cerrado las puertas todavía. Raro es.
19:20h. La persona que está sentada a mi lado dice, “Anda, mira, se ha apagado la luz de abróchense el cinturón”. No es casualidad. Cinco segundos después habla el comandante. Los inspectores técnicos no dan su visto bueno y, en esas condiciones, no podemos volar. Nos ruegan que bajemos del avión. Todo parece indicar que se ha acabado la historia, pero tampoco estamos completamente seguros.
19:30h. Después de otro tour por las pistas a bordo del mismo incómodo autobús, nos depositan en una sala de llegadas. Nadie nos dice nada. Aun así, tenemos el aguante de permanecer allí como unos 10 minutos más, esperando no se sabe qué, hasta que la gente empieza a desfilar hacia la salida. Oigo que algunos buscan otro vuelo en otra terminal. Absurdo: en todo caso llegarían para cenar después de la gala y coger otro avión de vuelta. Miguel Ríos y Carlos Narea se despiden con elegancia. Fin.
19:40h. Epílogo: me subo a un taxi, y el taxista, con cara de cenutrio, tuerce el gesto cuando comprueba que no llevo equipaje. Pero cuando le digo el destino (30 euros la carrera) se le ilumina el rostro (ese otro gremio). Llego a casa aturdido. Sin quitarme el traje llamo a gente para desahogarme. Mi querida gatita Kora quiere treparme por el hombro y casi me engancha la chaqueta que he estrenado para pasar toda una tarde en un aeropuerto. Me pongo cómodo, me sirvo una copita de vino y elijo un disco que me ayude a digerir la situación.
Historias del gremio (III)
En la primera edición de "Historias del gremio" comentaba cómo, sorprendentemente, la difícil situación que atraviesan las discográficas no ha hecho que anden detrás de los medios "suplicando" páginas de revistas y minutos en televisión, sino que en muchas ocasiones sucede todo lo contrario. La desesperación ha derivado en la estupidez y la desfachatez más absolutas.
El popular dúo de pseudo rock and roll español, apóstoles del colegueo y el buenrollismo, tiene problemas para comentar en una entrevista las preguntas que el periodista les plantea acerca de algunas noticias musicales del año (por estas fechas toca hacer balance informativo). Al menos eso dice su mánager, aunque cuando el periodista les propone el juego, ellos aceptan. Curiosamente ese mismo medio les ha tratado siempre como reyes, como a artistas importantes, a pesar de que su nivel de ventas (y de credibilidad) es embarazosamente discreto. Su mánager protesta ante tal invasión de su intimidad (¡dios, les han preguntado por el fenómeno MySpace! ¡sacrilegio!), y telefonea a la promocionera de turno (nunca un nombre tan feo hizo honor a lo que representa), que no está presente en la escena. Ésta, a su vez, echa la bronca al periodista por teléfono, indignada por el hecho de que nadie le hubiera avisado de que se le iban a hacer estas preguntas, a todas luces capciosas y malintencionadas.
Pero es que esta misma promocionera había protagonizado el mismo numerito apenas una semana antes, cuando otro periodista del mismo medio planteó otra tanda de preguntas sobre noticias musicales del año (tres preguntas, no más) a otra buenrollista, hippy-flamenca-chill out. Según me cuenta el periodista, la cantante respondió a las tres preguntas de buena gana; según la versión de la promocionera, la cantante se quejó al término de la entrevista. Afortunadamente, me creo la versión del periodista, lo que deja en mucho mejor lugar a la cantante y en una pésima posición a estas publicistas que se erigen en defensoras y protectoras de la integridad de sus artistas.
Un Lennon de andar por casa
Acabo de terminar el libro John, de Cynthia Lennon, publicado el año pasado en Inglaterra y presentado en España hace poco más de un mes dentro de la siempre jugosa colección Ma Non Troppo de la editorial Robin Book.
Quien espere encontrar una meticulosa biografía del ex Beatle, se llevará una notable decepción. John no es un exhaustivo itinerario por la obra de Lennon aderezado con toneladas de datos y fechas, sino más bien la biografía de una pareja: la formada por el músico y su primera esposa (y autora del libro). Cynthia Powell arroja luz sobre el Lennon menos conocido: el Lennon de puertas para adentro, el Lennon novio, marido y padre. El texto es una historia de amor con final infeliz, que indaga deliciosamente en cómo digiere el joven Lennon el paso del anonimato al estrellato, cómo resuelve sus conflictos afectivos y cómo da la espalda a los problemas con una facilidad pasmosa. Cynthia escribe con una prosa simple y cálida, evocando momentos clave como los conciertos en The Cavern, los viajes a Hamburgo o la propia historia de Brian Epstein, pero no rehuye los episodios más oscuros, como cuando John le pegó al principio de su relación o su relación recreativa con las drogas (en especial, el LSD).
La autora se esfuerza en dejar claro que hay un Lennon antes de Yoko Ono y un Lennon después de Yoko Ono. Para Cynthia, la artista japonesa es un personaje siniestro, que arranca al músico de sus raíces (de su familia y de los otros Beatles) y lo manipula hasta convertirlo en un hombre demacrado, excéntrico y, paradójicamente, comprometido socialmente hasta límites, según su primera esposa, ridículos. Como pregunta un pequeño Julian, aparentemente desatendido por John, a su madre en una de las frases más impactantes del libro: "Papá siempre está diciendo al mundo que se quieran unos a otros, pero ¿por qué no es capaz de amarme a mí?"
La ultimísimas líneas del libro resumen perfectamente el tono: "Si hubiera sabido, cuando era joven, lo que acarrearía enamorarme de John Lennon", reflexiona Cynthia, "me habría dado media vuelta y me habría alejado".



