Una de las transformaciones más notables que ha provocado mi cambio laboral tiene que ver con los hábitos alimenticios. Antes, en la época de la tele (me gusta lo de "época" porque suena muy lejano), comía en un comedor tipo carcelario, bandeja en mano con primer plato, segundo, bebida y postre, todo a la vez. Solía optar por verdura y carne o pescado a la plancha. Ahora, en esta nueva etapa, he vuelto al "menú del día": grasienta opción mediante la cual, por un precio razonable, puedes meterte entre pecho y espalda enormes platos de la gastronomía española pletóricos de salsas, patatas y guarniciones variadas, todo ello respaldado por pingües raciones de vino y pan. Como resultado obvio, noto un ligero (por ahora) aumento de peso que ni siquiera el spinning está logrando eliminar.
Los bares/restaurantes de menú del día son todo un universo digno de estudio. Basándome en la escueta oferta de la zona, distinguiría entre dos tipos: el bar de albañiles, que se caracteriza por una atmósfera humeante que adquiere texturas sólidas, un adherente aroma a fritanga, una televisión en to' lo alto (por su situación y por su volumen) y una clientela que acude invariablemente ataviada con el mono de trabajo salpicado con manchas de pintura. Por otro lado, estaría el restaurante con pretensiones, donde puedes ir a cenar cualquier día del año si estás dispuesto a pagar 40 euros por barba, que a mediodía tiene la deferencia de preparar una selección de platos a un precio bastante asequible. Aquí la clientela cambia: abundan las corbatas horrorosas, los trajes de Emidio Tucci y los ejemplares manoseados y arrugados (probablemente no leídos) de El País y/o El Mundo.
Pero en el fondo no hay tanta diferencia. Ignoro cómo funciona la compraventa de alimentos en Mercamadrid, pero me causa extrañeza comprobar que, ciertos días, todos los restaurantes coinciden en sus menús con calamares a la romana. El vino de la casa, tan malo que hace que el célebre Don Opas parezca ganador de varias medallas europeas, suele ser el mismo en todos los sitios: en realidad se trata de un vino garrafón (también conocido como peleón), siempre bien refrigeradito (¿por qué?), que viaja incansable de botella en botella. El relleno: una práctica deleznable que cobra sentido cuando hablamos de vinos de mesa sólo digeribles con gaseosa (o por estómagos de hombres de pelo en pecho).
Otro aspecto destacable es el ritmo. Como en una estudiada coreografía, los camareros (orondos especímenes que, sin duda, sólo aparecen por el restaurante en esas horas de trasiego) revolotean por entre las mesas enfrascados en una frenética actividad. No tienen tiempo ni de respirar; lo mismo que el cliente. Te estás sentando cuando ya te vienen para tomarte nota. Increíblemente, acabas de pronunciar la última sílaba del segundo plato cuando te aparece otro camamero y te planta, sin contemplaciones, el primero sobre la mesa. Sudan, resoplan, tropiezan, se giran sobre sí mismos: son marionetas en manos del dueño del local, que exige distribuir las horas de comida (de 1 a 4, digamos) en cuatro turnos irreductibles. Eso se traduce en que ningún comensal puede estar sentado más de media hora, de ahí la extenuante actividad de los camareros.
En el fondo son sitios entrañables, lugares para enfrascarse en apasionadas tertulias o para observar, en silencio, lo que pasa a tu alrededor. Como diría alguien, para mirar la vida pasar.
Pan, vino y postre, 12 euros
Entrevistas
Siguiendo una extendida tradición, los asesores de El Artista indicaron al periodista, antes de empezar, que sólo podría preguntarle por Su Música y Su Disco.
El periodista les aseguró que seguiría sus indicaciones. De modo que cuando se sentó frente a El Artista, le planteó, impertérrito, las siguientes preguntas:
¿A qué se debe ese uso recurrente de la escala pentatónica? ¿Prefieres las rimas consonantes o asonantes? ¿Qué modelo de mesa de mezclas ha usado tu productor en este disco? ¿Qué distorsión se ha empleado en el solo de guitarra del corte tres? ¿Por qué ninguna canción acaba con un “fade out”? Y hablando del disco, ¿prefieres “digipack” o estuche de plástico?
(Esta historia es inventada. No obstante, está inspirada, en parte, en una vieja anécdota según la cual un antiguo compañero le hizo a un grupo una de esas preguntas. El grupo terminó protestando por la entrevista -¿una entrevista “demasiado” musical, tal vez?-, y acusando al periodista de estar borracho; cosa que, por otra parte, era cierta.)
Londres
He perdido la cuenta de las veces que he estado en Londres, deben de ser más de quince. Pero siempre he ido por trabajo. Aunque en todas las ocasiones procuré hacer escapaditas a mi aire (especialmente a los mercadillos, las zonas de tiendas, los monumentos más emblemáticos y, ejem, una vez tuve la ocurrencia de meterme en el museo de cera de Madame Toussaud), nunca había ido estrictamente de turista.¿A dónde voy?
La semana pasada estuve cuatro días en Londres y, además de las obligadas visitas a Camden, Portobello y las tiendas del centro, visité sitios que no conocía. Por ejemplo, dimos un paseo alrededor de la Torre de Londres, merodeamos por la Abadía de Westminster y pasamos casi una mañana entera en la Tate Modern Gallery, el museo de arte moderno y contemporáneo instalado en un impresionante edificio (una antigua central eléctrica, creo) a orillas del Támesis. Nos limitamos a la colección permanente, abrumadora, aunque la visita merece la pena aunque sólo sea por ver el edificio por dentro, con una amplísima explanada inclinada a la que se accede nada más entrar y la posibilidad de descender de planta no sólo en ascensor sino deslizándote tumbado por unos tubos de aspecto futurista (que no probé debido a mi creciente claustrofobia).El fastástico aspecto del interior del Tate Modern, con sus tubos/ascensores.
Mención especial para Harrods. Tampoco conocía el edificio central (en Kingsbridge) de la autoproclamada mayor cadena de grandes almacenes del mundo, y aunque la idea no me entusiasmaba acepté ir atendiendo al reclamo de una espectacular exposición de guitarras organizada en la segunda planta. Docenas de guitarras utilizadas por músicos míticos (de Bo Diddley a Jimi Hendrix pasando por George Harrison) y guitarras customizadas por artistas y diseñadores (y algún músico, como el ubicuo Bono). Guitarra diseñada por Bono (U2), titulada "Pedro y el lobo".
Antes de quedarme boquiabierto con las guitarras, me quedé ojoplático con la sección de alimentación. Está distribuida en diferentes estancias decoradas con ostentoso lujo: una para carne y pescado, otra para embutidos, otra para frutas y verduras... Un inmenso delicatessen, donde los productos están delicadamente expuestos en mostradores que parecen diseñados por escaparatistas. Encuentras cortes de carne que no sabías que existían, tomates del tamaño de un melón y cerezas a 50 libras el kilo (75 euros, más o menos). Todo ello, junto a la sección de joyería: los chuletones al lado de los relojes de Cartier.Harrods: joyas de Cartier y chuletones.
Por supuesto, aproveché el viaje para hacerme con un buen cargamento de discos, primero en la Virgin, luego en la HMV y por último en una tiendita muy lustrosa en Camden Town. Paso a enumerar.
Fairport Convention, "Liege & lief".
Karen Dalton, "It's so hard to tell..." (más folk de finales de los sesenta).
Joanna Newsom, "Ys" (folk, pero de ahora: no lo tenía y lo encontré a buen precio).
Ali Farka Touré y Toumani Diabaté, "In the heart of the moon" (no lo encontré en España; lo descubrí el pasado verano en un avión de Singapore Airlines, donde cada pasajero puede escoger DVDs y discos para escuchar durante el viaje).
David Crosby, "If I could only remember my name".
John Coltrane, "A love supreme" (en España sólo encontraba la carísima edición de lujo).
Damien Rice, "0" (no tenía su primer disco y allí estaba tirado).
Small Faces, "Definitive collection" (lo vi cuando iba a pagar, estaba baratísimo y lo pillé).
Portishead, "Dummy" (lo tenía pero me desapareció misteriosamente).
Y una recopilación de drum & bass de 3 libras (un sonido que me parece puramente londinense).
En el capítulo gastronómico, comimos bastante bien en un libanés al lado de Harrods y decentemente en un italiano del Soho y en un buffet mongol (como suena). Comiendo en un libanés. Bonitas lámparas.
Aunque el descubrimiento fue un restaurante llamado Garlic & Shots (14 de Frith Road, en el Soho), que como su nombre indica está especializado en ajo y chupitos (que puedes elegir de una carta con 101 variedades, la mayoría de vodka). En realidad es un antro estrecho, oscuro y ruidoso, de dos plantas, con música de Mötley Crüe, Led Zeppelin y Mars Volta de fondo, por donde desfilan heavies, personajes indescriptibles y gente más o menos arreglada. Vimos a alguno que salía dando tumbos. La comida estaba buenísima (me pedí unas costillas al ajo, cómo no, y estaban tan tiernas que se deshacían), el vino está a un precio razonable (10 libras el tinto de la casa, francés; 15 euros) y los chupitos de vodka al final nos supieron a gloria. Aunque el servicio es bastante borde (cuando le recriminé al camarero que estaba tardando el segundo me soltó, "Esto no es un McDonald's"), el sitio es pa' verlo.Pedazo de cena en el Garlic & Shots: costillas, gambas, exquisito pan de ajo y rock and roll.
Ectoplasmas de la radio libre
Iker Jiménez, analiza esto: los ectoplasmas radiofónicos de Vencido (a la derecha) y un servidor.
El domingo 4 el amigo Vencido me invitó a su programa de radio, que se llama igual que su blog: "Menosprecio de corte y alabanza de aldea". Lleva en antena, me contó, desde 1993, primero en Radio Vallekas y ahora en Radio Utopía. Eso es llevar la radio en las venas y lo demás son tonterías.
Su propuesta se basaba en dedicar su hora de emisión a repasar algunas de las canciones de "mi" vida. Consciente de la dificultad de comprimir en tan sólo una hora todas las canciones que podrían enmarcarse en semejante epígrafe, mi playlist fue el siguiente:
Radiohead, "Paranoid android".
Asfalto, "Días de escuela".
Electric Light Orchestra, "Shine a little love"
Kiss, "Hard luck woman".
The Zombies, "Hung up on a dream".
La Buena Vida, "Magnesia".
Gram Parsons, "Hickory wind".
Los Secretos, "Ahora que estoy peor".
J. S. Bach, "Cello suite nº1, BWV 1007".
Se quedaron sin pinchar, por falta de tiempo, Afghan Whigs, Rick Nelson y el francés Raphael. Pero la lista podría haber sido mucho más extensa: los Smiths, Bob Dylan, los Kinks, Rick Wakeman, los Bee Gees, Judas Priest, Townes Van Zandt, Steve Earle, Donovan... Una selección inconexa, sí; pero todas ellas canciones que han tenido sentido para mí en uno u otro momento por alguna razón.
Me gustó conocer Radio Utopía. Tienen unas instalaciones modestas pero acogedoras, en un piso bajo de San Sebastián de los Reyes. La gente que encontramos allí me pareció muy agradable.
Luego, Vencido y yo nos tomamos un vino en un bar llamado Road, de los de clientela fija (parecía que llevaran allí años) formada por jubilados, bebedores y jugadores de mus bebedores y en edad de jubilarse. Sé que Vencido siente debilidad por este tipo de lugares, honrados bares españoles. Incluso Vencido, que me invitó, tuvo la ocurrencia de pagar la cuenta (2 euros) con un billete de 50, y el camarero lo aceptó sin un mal gesto. No quedan muchos sitios así.
La experiencia fue una gozada, así que espero que podamos hacer una segunda parte en el futuro.
Hasta la vista
Winds of change
Cambios. Pensé que en mi carrera profesional ya no habría cambios. Sinceramente, estaba convencido de que, a este paso, me jubilaría en la tele.
Sin embargo, el momento del cambio ha llegado. Mañana viernes día 19 de enero será mi último día en 40TV (y mi último día en la televisión). He aceptado el encargo de dirigir, desde este próximo lunes, la Revista 40.
El cambio me apetece mucho por varias razones. Recuerdo con mucho cariño mis días en El Gran Musical, donde entré en 1990. Siempre he dicho que fue en esos años cuando aprendí (bien, mal o regular) este oficio y me apasioné con el periodismo musical. Esa ha sido la razón, y no otra, de que en todo este tiempo nunca haya dejado de buscarme la vida para escribir aquí o allá.
Empecé a trabajar en tele en 1994, en Canal+. En abril hará ¡13 años! No cabe duda de que 13 años es mucho tiempo. Demasiado. Curiosamente, suelo utilizar como parámetro de la rutina los "visionados": reuniones semanales en las que veíamos todos los vídeos musicales que nos llegaban. Es lo único que se ha mantenido invariable en estos 13 años: un visionado todos los lunes, todas las semanas, todos los meses, todos estos años.
Además, la tele es un medio muy ingrato para trabajar. Puedes hacer una magnífica entrevista a Mick Jagger, pero si luego el cámara te la graba con poca luz, o se escucha mal, o el realizador la edita de tal manera que no se entiende, se ha echado a perder.
Ahora que no hay marcha atrás, veo que necesitaba el cambio. Siento la continuidad aquí asfixiante. Siempre quise hacer una revista: ha llegado el momento.
TV y música pop
Ya se ha aplicado la predecible sentencia: Cuatro ha decidido extirpar de su rejilla el espacio musical "40 Pop". La noticia me ha dejado con una fuerte sensación de frustración, porque me gusta la música y, además, yo trabajaba en ese programa.
Es el segundo programa musical que cae de la televisión generalista en seis meses, que yo sepa. El verano pasado La 2 se cepillaba "I-Pop", un programa en el que había puestas muchas esperanzas, producido por un equipo altamente cualificado de especialistas musicales (entre ellos, el amigo Vencido) aunque, para mi gusto, dirigido con dudoso criterio por un veterano y desganado DJ radiofónico perteneciente a la generación de los intocables a quien traicionó su inexperiencia en el medio.
Creo que "40 Pop" tenía calidad. Programado para la mañana de los sábados, cuando sólo los preadolescentes están frente a la TV, "40 Pop" tenía un enfoque musical muy claro. No era para musicólogos, pero cumplía con la sempiterna asignatura pendiente de "música en directo en televisión" (lo mismo que "I-Pop"). Creo también que los reportajes eran novedosos: en "40 Pop" se pudo ver a Coti conduciendo un deportivo, a (los) Pereza jugando al golf o a Merche sometida a un tratamiento de spa, por poner sólo tres ejemplos. Probamos fórmulas diferentes, como contar las noticias musicales rapeando (a cargo de un premiado rapero profesional). Quienes creamos el programa, en otoño de 2005, pensamos que sería recibido como el-programa-musical-que-tanta-falta-hacía. Ilusos.
Desde el principio, "40 Pop" no interesó a ninguna de las partes, digamos, que convergían en su elaboración. Las discográficas nunca llegaron a enterarse del todo de su existencia y, por tanto, su colaboración fue escasa y torpe. (Asumo que tampoco nosotros supimos hacerles ver su relevancia.) El hecho de tener música en directo, en vez de convertirse en un valor añadido para el programa, era un problema. Para los grupos era un engorro: se pasaban la tarde entera haciendo esas soporíferas pruebas de sonido, tan largas y tediosas como si fueran a hacer un concierto entero de dos horas, todo para dos o tres temas. Muchos, como acababan de sacar disco, decían que no tenían "preparado" el directo (y digo yo: ¿no se sabían las canciones que acababan de grabar?). Si el artista era un solista, todavía no tenía la banda montada (músicos contratados) para el directo. Por si no era suficiente, el público ni siquiera sabía apreciar que el grupo estaba tocando en directo. Habría dado lo mismo hacer playback.
Hoy en día sólo hay tres temas en televisión: Fútbol, Política y Corazón. Es de lo que habla la gente en la calle: de Luis Aragonés, de las obras de Gallardón y del culebrón Pantoja. Como ha quedado patente, la música, por desgracia, no interesa a nadie. Ni a las discográficas, que no supieron colaborar. Ni a los artistas, la mayoría de los cuales veía molesto tener que tocar en directo. Ni a los espectadores, que, según los datos de audiencia, no lo abrazaron precisamente con entusiasmo. Como consecuencia, tampoco a la cadena que lo emitía, que advirtió, comprensiblemente, que podía obtener un share más alto con otro tipo de programas.
En fin, así como nació, así se ha ido: sin que nadie se entere. Descanse en paz.
Canción de la semana: La Oreja de Van Gogh, "Dulce locura" (2006)
Sin paños calientes: me gusta, y mucho, uno de los temas nuevos de La Oreja de Van Gogh, "Dulce locura".
De entrada diré que hay, en mi opinión, muchos prejuicios a la hora de juzgar a este grupo y otros artistas similares. Decir en público que te gusta La Oreja de Van Gogh es casi un sacrilegio tan grande como anunciar que nunca te pierdes "Aquí hay tomate" (mi programa de TV favorito, por otra parte, del que algún día hablaré aquí largo y tendido; yo esto lo he soltado más de una vez y realmente la gente me mira raro). Cada vez que sacan disco, no lees una crítica no ya buena, sino bien argumentada. Varapalo y santas pascuas. A mí éste es un disco del que me habría encantado escribir. Se pueden decir cosas de él aparte del palo.
La canción es perfecta. Está magníficamente construida. La melodía de las estrofas es deliciosamente simple (tres notas). El estribillo es formidable. El puente me gusta menos, me recuerda a La Oreja de otros discos.
Y qué decir de la letra. Los chicos han pasado de rimar infinitivos como descosidos ("amar" con "soñar" y "volar" y "dudar") a elaborar aquí una rima muy poco manida, como es "luna", "locura", "menuda", "burla" y "esfumas". Estarán de acuerdo conmigo en que rimar sílabas u-a habitual no es.
Otra cosa es que la voz de Amaia te cargue. O que hayan colado la canción en un anuncio de una colonia de Don Algodón (el colmo del pastelón). O que la protagonista de dicho anuncio sea Edurne (ya la releche). Pero la canción es un temazo, de verdad. Escuchénlo sin prejuicios.
Oro, incienso y mirra
Al profano en la materia le encantará saber que las discográficas suelen (o solían) hacer regalos por Navidad a aquellos que durante todo el año se han encargado de dar a conocer su mercancía a los posibles compradores, y lo han hecho de buena gana y por supuesto gratis (sin otra contraprestación que un sueldo de su propia empresa): los periodistas. Es la clásica relación vendedor-cliente, lo mismo que el temeroso paciente que le obsequia a su doctor con una cara botella de vino. Una muestra de agradecimiento que, de camino (no nos engañemos), intenta garantizar que la relación siga siendo fluida en el futuro inmediato.
Esto lo sabemos quienes llevamos ya algunos años metidos en esta oxidada maquinaria sonora, porque la realidad es que actualmente las discográficas no dan ni los buenos días. Ojo, no me malinterpreten: no es una queja. Simplemente lo cito como otro síntoma más de la ruinosa salud de unas corporaciones multinacionales que han perdido el rumbo, las ideas, la imaginación y hasta los modales. Tampoco piensen que se trataba de ostentosas dádivas: eran lo que comúnmente se conoce como “detalles”. Una botella de vino, un calendario bonito, una edición especial de un disco.
Sin embargo, desde hace unos pocos años, han cerrado el grifo de la gratitud. ¿Podría ser que quien suscribe es menos “influyente” ahora que hace tres, cinco o dieciocho años? No, en realidad quiero pensar que es más bien al contrario. El caso es que esta Navidad las grandes discográficas se han ahorrado unos euros. Ni un mísero calendario. Ni siquiera una de esas ediciones especiales que lanzan al mercado de cara a las ventas navideñas. Enumero: tres botellas y un frasco de queso en aceite cortesía de una minúscula compañía cuyo principal valor es un desconocido artista de pop latino; la tradicional agenda con mi nombre impreso de parte de una amistosa discográfica dedicada al heavy metal; y la habitual litografía, edición limitada, realizada por un maestro del grafiti, gracias a un sello de hip hop.
Ah, se me olvidaba: el modesto calendario que he puesto encima de la mesa me lo ha enviado una empresa denominada Producciones Artísticas Fonthy, con sede en Estepona, a los que no tengo el placer de conocer, ilustrado con la foto de un caballero que, a tenor del micrófono en mano, debe de ser el artista estrella de su catálogo, lástima que no se hayan acordado de poner su nombre por ningún lado… A todos ellos, muchas gracias.
JERRY Xmas y Happy New WEIR
El título es un plagio de un SMS que recibí el año pasado (quiero decir, cuando entrábamos en 2006) enviado por un conocido que, a la vista está, es un fanático de los Grateful Dead.
Hoy vuelvo a mi rutina habitual, después de unos días de "bien merecidas vacaciones" (una de mis muletillas favoritas, a la altura de "la jornada electoral está transcurriendo con absoluta normalidad"). Sí, me he tomado vacaciones de varias cosas, no sólo de trabajo: me he tomado vacaciones de gimnasio, incluidas las sesiones de spinning; me he tomado vacaciones del blog; me he tomado vacaciones de la música rock (mucha clásica, a excepción, ay, del magnífico disco nuevo de Damian Rice); y me he tomado vacaciones nutricionales, o lo que es lo mismo: me he puesto como un cerdo comiendo. Esto último, unido a las ya citadas vacaciones del spinning, ha traído como consecuencia unos kilos de más que espero quitarme ya mismo volviendo a pedalear como un loco.
Ah, también he dejado de leer prensa o libros musicales estos días. A cambio, me he enfrentado a una novela surrealista titulada El tercer policía, de Flann O'Brien, que he devorado en mi afán de descubrir qué había detrás de todo el absurdo que contiene.
Ahora todo eso pasó, y en estos momentos me introduzco en la rutina laboral con la cautela de quien introduce los pies en el agua helada de una orilla en invierno. Esta tarde prometo ponerme el pantalón corto y la camiseta de tirantes (ugh) y volver al gym. He empezado a leer la voluminosa biografía de los Who de Dave Marsh. Además, han vuelto Los Serrano: ¿se puede pedir más?
Lo mejor (y lo menos bueno) de 2006
Adiós, 2006. Hora de hacer balance. A continuación, una lista de lo mejor y lo menos bueno que ha producido la música este año.
ARTISTA MÁS IRRITANTE (MASCULINO)
Ok Go
ARTISTA MÁS IRRITANTE (FEMENINA)
Lily Allen, Fergie, Juliette Lewis (ex aequo)
MEJOR DISCO DE UN ARTISTA DE 70 AÑOS O MÁS
This old road, de Kris Kristofferson 
MEJOR DISCO PÓSTUMO
American V: A hundred highways, de Johnny Cash
MEJOR DISCO DE COUNTRY
Nashville, de Solomon Burke
MEJOR CANCIÓN PARA BAILAR
“The skin of my yellow country teeth”
Clap Your Hands Say Yeah!
MEJOR BALADA ITALIANA
“Y estaba contentísimo”
Tiziano Ferro
CONCIERTAZO DEL AÑO
The Who en el Palacio de los Deportes de Madrid
MEJOR REAPARICIÓN
Neil Diamond
MEJOR VÍDEO MUSICAL
“A view from the afternoon”
Arctic Monkeys
(Director: W.I.Z.)
MEJOR DVD MUSICAL
Gram Parsons. Fallen Angel, de Gandulf Hennig
VÍDEO ESPAÑOL MÁS PRETENCIOSO E INSOPORTABLE
"A la primera persona", de Alejandro Sanz
(Director: Jaume de Laiguana)
SORPRESA DEL AÑO
Vetiver
OBSESIÓN DEL AÑO
Nuevo pop francés: Raphael, Camille, Da Silva
MEJOR LOOK
Marta Sánchez en el concierto de 40 Principales del Vicente Calderón
PEOR LOOK
“Los” Pereza
MEJOR ‘CANAPETEO’
Presentación aniversario 40 Principales (Museo de Arte Reina Sofía, Madrid)
El pop se vuelve rosa (cont.)
Ya lo dije yo aquí.
Alejandro Sanz ha destapado la caja de los truenos.
Hoy asistimos al desarrollo de varias tramas cruzadas: el mayordomo traidor que es detenido; las declaraciones de Capi día sí, día también; las primeras imágenes de la madre del niño; la portada de Jaydy Mitchel en ¡Hola!...
Canción de la semana: Donovan, "Legend of a girl child called Linda" (1966)
Su obra maestra Sunshine superman (1966) no puede empezar mejor. Después de abrir fuego con el demoledor tema del mismo título, que mostraba un confiado salto al rock hippy, Donovan nos endosa este maravilloso cuento de hadas en la más pura tradición folk. El primer verso es para enmarcarlo: "Te traeré manzanas de oro y uvas hechas de rubíes". Aparentemente, está dedicada a Linda Lawrence, por entonces todavía novia de Brian Jones de los Stones; y no es de extrañar que con esta graciosa melodía Donovan se la llevara de calle (creo que Donovan y Linda siguen juntos; tienen dos hijos con los insuperables nombres de Astrella Celeste y Oriole Nebula). La letra es sublime, tiene la duración perfecta (casi 7 minutos) y unos intermezzos orquestales que, pese a haber envejecido mal, contribuyen a crear una atmósfera mágica.
Nostalgia de cuarentón
No ha sido fácil: la presentación tiene que ir acompañada de una buena anécdota personal, por lo que me ha llevado un buen rato elegir la canción adecuada. Por cerrar el espectro, me he centrado en la música con la que crecí: la de finales de los setenta.
Mientras hojeaba un cuadernillo con todas las listas de 40 de la historia, me daba cuenta de que prácticamente todos los números 1 de esos años eran, precisamente, las canciones que me gustaban: “Da ya think I’m sexy” de Rod Stewart; las canciones de Grease; las de Fiebre del sábado noche; el impresionante “Born to be alive” de Patrick Hernández; “Lady writer” de Dire Straits; incluso Abba o Boney M… (todas éstas son de 1978-79; ¡dios que viejo soy!).
En aquellos días yo tenía 11 o 12 años y, por descontado, carecía de presupuesto para discos o cualquier otra cosa que costase más que un sobre de cromos. Empecé grabándome canciones de la radio. Como no tenía radiocasete (no sé si es que no se había inventado o que, simplemente, yo no lo tenía), acercaba una grabadora a la radio y registraba de ese modo las canciones que me gustaban. Esto tenía un problema evidente: si alguien entraba en la habitación y hacía ruido, ese ruido se colaba en la grabación.
Algo después empecé a comprarme singles. Algunas de las canciones antes citadas cayeron como single. Era barato e infalible: conseguías “la canción”. Recuerdo que había cierto desajuste temporal: en no pocas ocasiones en las tiendas me decían que el single que buscaba todavía no había salido, aun cuando llevaba sonando en la radio semanas, lo cual me daba mucha rabia.
Inmediatamente después pasé al LP.
La canción que finalmente he elegido para el programa es “Too much heaven”, de los Bee Gees (1979). ¿La razón? El LP en que estaba incluida, Spirits having flown, fue (si no me falla la memoria) el primer LP que me compré. Recuerdo incluso dónde: en una pequeña tienda de la calle Gaztambide, en el barrio de Argüelles (mis abuelos vivían a 50 metros), que no sé si sigue abierta. Me acuerdo de que compré dos discos, pero del otro no estoy seguro del todo; probablemente fue un LP de un grupo de rockabilly muy divertido que se llamaba Rocky Sharpe & the Replays.
Los chavales de entonces habíamos descubierto a los Bee Gees el año antes: eran quienes cantaban las canciones de la película Fiebre del sábado noche. El mundo de las discotecas nos parecía lejano, misterioso y fascinante. Y además, en esa banda sonora había temas formidables. De manera que cuando los Bee Gees sacaron su siguiente disco, ampliamente difundido por la radio, me hice con un ejemplar.
En esos tiempos, los chavales de 12 años nos gastábamos la paga en discos, fíjense qué cosa. Los escuchábamos del tirón, con la única pausa necesaria para poner la cara B, mientras mirábamos hipnotizados la portada, la contraportada y las fotos interiores. Para aquellos críos, los discos eran un tesoro. Tanto, que los conservamos como oro en paño durante el resto de nuestras vidas.
Me habría gustado hablar de Rod Stewart y su “Da ya think I’m sexy”, pero no tienen el vídeo. La anécdota es mejor. Rod Stewart tenía un look deslumbrante: su pelo rubio platino era lo más moderno que había visto en mi vida. En 1979 la tele todavía se veía en blanco y negro, por lo menos en mi casa, y curiosamente mis abuelos tuvieron una tele en color antes que mis padres. Así que un día que estaban emitiendo una actuación de Rod Stewart llamé a mis abuelos para preguntarles de qué color tenía realmente el pelo. Cosas de críos. Y mi abuelo, sin prestarme mucho caso, sin entender mucho la pregunta, me dijo: “Pues… azul… o rojo…”. Yo me quedé alucinado porque Rod Stewart tenía el pelo tan rubio que era casi blanco, y estuve dándole vueltas al asunto un buen rato hasta que resolví que era el color de los focos del escenario el que se reflejaba en su pelo, dándole esas tonalidades.
El pop se vuelve rosa
Los músicos siempre se quejan, pero en España los artistas de pop han sido tradicionalmente respetados por la prensa, incluida la rosa. Cierto es que esto se debe, en parte, a que la música importa bien poco en nuestro país. En otros lugares con mayor cultura musical las celebridades más prominentes son, precisamente, los músicos. Echen un vistazo a cualquier ejemplar del Hello!: la mayoría de las páginas están monopolizadas por Rod Stewart y sus hijas, James Blunt y sus novias, Paul McCartney, Elton John...
También hay otro factor determinante, y es que el auge actual de la prensa del corazón coincide con el momento más bajo de la música. Años atrás, cuando la música interesaba un poco más y la gente cometía la osadía de entrar en las tiendas de discos (para comprar), habríamos tenido titulares de primera. Pero la apisonadora rosa no estaba tan perfectamente engrasada como ahora. De lo contrario, Nacho Cano, Antonio Flores, Miguel Bosé o Alejandro Sanz habrían ganado puntos suficientes como para tener una sección fija en los medios del género.
Ayer, día 12, por la tarde, Alejandro Sanz envió un sorprendente comunicado a los medios en el que anunciaba que es padre de un niño de tres años, fruto de una relación extramatrimonial. Posteriormente, he podido saber que el mundillo del corazón andaba cocinando la noticia, y que incluso una agencia (Korpa) había conseguido la exclusiva del nombre de la madre. Aparentemente, el comunicado de Alejandro pretendía adelantarse a los acontecimientos; dar una explicación (que nadie le ha pedido) y zanjar el asunto.
Creo que Alejandro Sanz se ha equivocado. No es la primera vez que se habla de él en semejantes foros (¿recuerdan aquella leyenda urbana que tenía que ver con una fiesta que acababa en urgencias?), y hasta ahora se había mantenido sabiamente al margen. Esta vez, en cambio, ha entrado al trapo. Además, para quienes ignorábamos el rumor, el comunicado ha supuesto una auténtica conmoción: ¿a qué viene esto? ¿Alejandro Sanz se ha convertido en una agencia de noticias de su propia vida?
El hecho de que Alejandro Sanz haga estas declaraciones es ya, de por sí, otra noticia, con lo que la prensa rosa tiene dos noticias. La desconocida paternidad pasa a un segundo plano: ahora se especula con qué oscuras razones han llevado al cantante a pronunciarse sobre su vida privada. Se habla de chantaje, de traición.
No es probable, pero puede que a partir de ahora, la prensa del corazón vislumbre nuevos horizontes con los músicos de pop. En tal caso, serviría para que estos se dieran cuenta de lo bien que se les ha tratado hasta la fecha.
Vacaciones en Roma
... largas colas, sobredosis de carbohidratos, más aglomeraciones...
... autobuses atestados, lluvia, vino, más aglomeraciones...
... sol, villancicos, amor, cumpleaños.

Los 40
Ya es oficial: soy cuarentón.
¿Qué se siente? Por ahora nada especial. Lo de "cuarentón" todavía no me ha caído encima como una losa, pero lo hará. De momento, y como desde hace algún tiempo, me siento relativamente fresco, fuerte y jovial. Mi aspecto físico no me produce excesiva grima. De hecho, ya me habría gustado estar así hace 15 años. Presiento que si en el futuro miro fotos mías actuales no me moriré de vergüenza.
Me da cierto vértigo pensar en los 40 como la mitad de una vida. Aunque acto seguido pienso que conseguir que los 40 sean la mitad de tu vida es para darse con un canto en los dientes. Supongo que en breve llegará la famosa crisis de los 40. No sé bien en qué consiste. Últimamente oigo mucho la frase "eres peor que los niños".
Mentalmente, empiezo a notar ligeros desajustes. A veces, cuando quiero decir "calor", digo "frío", que es justo lo contrario. Y me divierte: ¿por qué demonios la palabra que sale de mis labios es justo la opuesta a la que quiero decir? También me pasa con "tenedor" y "cuchillo", por ejemplo. Noto que soy cada vez más gruñón. Y, lo que me parece más grave: empiezo a ser consciente de que muchos de los que casualmente se cruzan conmigo me ven como un señor maduro. Con 40 ya no eres un chico.
PD: El 7 de diciembre también cumplen años Bertín Osborne y Tom Waits, prueba evidente de que los nacidos ese día somos auténticos purasangres.
Historias del gremio (IV)
Anoche sacrifiqué el concierto de Nouvelle Vague (música para turistas, según Vencido), por uno de esos actos socio-musicales en franca decadencia. Desde luego, ya nada es lo que era. Un famosísimo grupo español con chicarrona al frente invitaba a los medios afines (me declaro inocente) a una cena para celebrar que han vendido muchísimos discos.
La invitación, recibida días antes por correo electrónico, no tenía desperdicio. En una prosa anárquica y descabellada, el promocionero convocaba a "la gente que ha trabajado con ellos y les han apoyado" (curiosa manera de mezclar singular y plural), "sobretodo vosotros" (así, todo junto), prometía que no sería "un canapeteo" (me encanta el término), sino una cena con muy poca gente "sentados" (dato a tener en cuenta). El e-mail terminaba con una frase que disipó mis pocas dudas sobre mi asistencia: "No concebimos esta cena sin vuestra presencia".
Supongo que me estuvo bien empleado. Una vez allí, me di cuenta de que la cena "sentados" era realmente un auténtico "canapeteo" de pie, pero de los exiguos. Taquitos de queso del tamaño de un dado de parchís y elaboradísimos sorbetes de todas clases en minúsculos vasitos, que ingerías con la ayuda de una cuchara de plástico que difícilmente cabía en el vaso (y que te obligaba a tener las dos manos libres). Todo con austeridad, como no podía ser de otra forma en una industria menguante.
Mantuve un par de conversaciones interesantes con colegas del gremio, una de ellas sobre las virtudes del spinning. Con los chicos del grupo ni siquiera hablé (de hecho, nunca he cruzado una palabra con ellos) aunque parecen agradables.
Cuando llegué a casa tuve que prepararme una cena improvisada porque me moría de hambre. Y cené, entonces sí, "sentado".
Supongo que si alguien ajeno a la música lee esto, podrá pensar que quien está en franca decadencia es el periodista. Le invitan a cenar y encima se queja, el tío.
Pues puede que sí.
Disco de la semana: Antoine Forqueray, "Pièces de viole" (1747)
Llevo unos días escuchando de forma compulsiva la música de Antoine Forqueray.
Es un músico barroco, virtuoso de la viola. Lo descubrí la semana pasada. Confieso que uno de mis mayores vicios recientes es rastrear música desconocida usando los puntos de escucha que hay en la FNAC. Puedo pasarme horas pasando códigos de barras por el lector, intentando ansiosamente hallar música que me provoque un chispazo de emoción. Así he descubierto últimamente verdaderas joyas de música antigua y contemporánea (y así he tirado también unos cuantos euros en discos que luego, al escucharlos completos, me han defraudado).
Las piezas de viola de Forqueray podrían describirse como música celestial tocada por el diablo. De hecho, si de su gran rival de la viola Marin Marais se decía en aquella época que tocaba como un ángel, Forqueray se ganó fama de que tocaba como el demonio (estos días he estado escuchando también a Marais, de quien tengo un par de discos, y algo de cierto hay en ello). He leído que su vida fue tan impetuosa como su música: favorito de Luis XIV en la corte de Versalles, era engreído, antipático y millonario. A su esposa le hizo la vida imposible, hasta que, después de 13 años de litigios, ella consiguió el divorcio. Se dice que sus partituras eran tan difíciles de interpretar, que sólo él era capaz de hacerlo.




