Nostalgia de cuarentón

. 15/12/06

Me han pedido, para un programa especial de Navidad, que escoja y hable sobre una canción que haya sido número 1 de Los 40 Principales.

No ha sido fácil: la presentación tiene que ir acompañada de una buena anécdota personal, por lo que me ha llevado un buen rato elegir la canción adecuada. Por cerrar el espectro, me he centrado en la música con la que crecí: la de finales de los setenta.

Mientras hojeaba un cuadernillo con todas las listas de 40 de la historia, me daba cuenta de que prácticamente todos los números 1 de esos años eran, precisamente, las canciones que me gustaban: “Da ya think I’m sexy” de Rod Stewart; las canciones de Grease; las de Fiebre del sábado noche; el impresionante “Born to be alive” de Patrick Hernández; “Lady writer” de Dire Straits; incluso Abba o Boney M… (todas éstas son de 1978-79; ¡dios que viejo soy!).

En aquellos días yo tenía 11 o 12 años y, por descontado, carecía de presupuesto para discos o cualquier otra cosa que costase más que un sobre de cromos. Empecé grabándome canciones de la radio. Como no tenía radiocasete (no sé si es que no se había inventado o que, simplemente, yo no lo tenía), acercaba una grabadora a la radio y registraba de ese modo las canciones que me gustaban. Esto tenía un problema evidente: si alguien entraba en la habitación y hacía ruido, ese ruido se colaba en la grabación.

Algo después empecé a comprarme singles. Algunas de las canciones antes citadas cayeron como single. Era barato e infalible: conseguías “la canción”. Recuerdo que había cierto desajuste temporal: en no pocas ocasiones en las tiendas me decían que el single que buscaba todavía no había salido, aun cuando llevaba sonando en la radio semanas, lo cual me daba mucha rabia.


Inmediatamente después pasé al LP.

La canción que finalmente he elegido para el programa es “Too much heaven”, de los Bee Gees (1979). ¿La razón? El LP en que estaba incluida, Spirits having flown, fue (si no me falla la memoria) el primer LP que me compré. Recuerdo incluso dónde: en una pequeña tienda de la calle Gaztambide, en el barrio de Argüelles (mis abuelos vivían a 50 metros), que no sé si sigue abierta. Me acuerdo de que compré dos discos, pero del otro no estoy seguro del todo; probablemente fue un LP de un grupo de rockabilly muy divertido que se llamaba Rocky Sharpe & the Replays.

Los chavales de entonces habíamos descubierto a los Bee Gees el año antes: eran quienes cantaban las canciones de la película Fiebre del sábado noche. El mundo de las discotecas nos parecía lejano, misterioso y fascinante. Y además, en esa banda sonora había temas formidables. De manera que cuando los Bee Gees sacaron su siguiente disco, ampliamente difundido por la radio, me hice con un ejemplar.

En esos tiempos, los chavales de 12 años nos gastábamos la paga en discos, fíjense qué cosa. Los escuchábamos del tirón, con la única pausa necesaria para poner la cara B, mientras mirábamos hipnotizados la portada, la contraportada y las fotos interiores. Para aquellos críos, los discos eran un tesoro. Tanto, que los conservamos como oro en paño durante el resto de nuestras vidas.

Me habría gustado hablar de Rod Stewart y su “Da ya think I’m sexy”, pero no tienen el vídeo. La anécdota es mejor. Rod Stewart tenía un look deslumbrante: su pelo rubio platino era lo más moderno que había visto en mi vida. En 1979 la tele todavía se veía en blanco y negro, por lo menos en mi casa, y curiosamente mis abuelos tuvieron una tele en color antes que mis padres. Así que un día que estaban emitiendo una actuación de Rod Stewart llamé a mis abuelos para preguntarles de qué color tenía realmente el pelo. Cosas de críos. Y mi abuelo, sin prestarme mucho caso, sin entender mucho la pregunta, me dijo: “Pues… azul… o rojo…”. Yo me quedé alucinado porque Rod Stewart tenía el pelo tan rubio que era casi blanco, y estuve dándole vueltas al asunto un buen rato hasta que resolví que era el color de los focos del escenario el que se reflejaba en su pelo, dándole esas tonalidades.