El AOR (Adult Oriented Rock) es probablemente uno de los géneros músicales más infravalorados de la historia. Y es, paradójicamente, uno de los movimientos que mejores canciones ha dado. Surgido a mediados de los setenta, encontró su propia identidad: con sus temazos de 4 minutos rompió con el rock somnoliento de los progresivos, sorteó el punk, saltó por encima de la new wave y sobrevivió al pop de sintetizadores y hombreras de los ochenta.
Llegué al AOR supongo que hacia 1984. Venía del heavy (Maiden, Priest, Kiss, AC/DC), y los teclados de Van Halen en 'Jump' y Bon Jovi en 'Runaway' me deslumbraron. Era algo nuevo: era rock duro, ¡pero con teclados! Sonaba potente, pero melódico. Pronto descubrí que unos y otros estaban simplemente asumiendo lo que otros grupos menos conocidos llevaban experimentando hacía tiempo.
Grandes canciones, sí. Algunas de las que aquí propongo sonaron en el cine (Survivor, John Parr, Starship), y otras eran tan demoledoras que funcionaban hasta cantadas por Mariah Carey ('Open arms', de Journey). Muchas son rotundas baladas de esas que ya no se hacen (como 'Babe', de Styx, o 'I don't want to know...' de Foreigner). Otra cosa en común: estos tipos sabían tocar (Toto están detrás de muchas sesiones de los ochenta, incluido el Thriller de Michael Jackson). ¡Y qué decir de esos cantantes!: Steve Perry (Journey) tiene una de las gargantas más prodigiosas y distintivas de todos los tiempos. A continuación les presento una selección de las que, a mi parecer, son algunas de las mejores canciones de AOR:
Blue Öyster Cult, '(Don't fear) the reaper'.
Blue Öyster Cult, 'Burnin´for you'.
Boston, 'More than a feeling'.
Boston, 'Don't look back'.
Cheap Trick, 'I want you to want me' (en directo).
Foreigner, 'Cold as ice'.
Foreigner, 'Double vision'.
Foreigner, 'I want to know what love is'.
Foreigner, 'Urgent'.
Heart, 'Alone'
Heart, 'All I wanna do is make love to you'.
Heart, 'What about love'.
John Parr, 'St. Elmo's fire'.
John Waite, 'Missing you'.
Journey, 'Don't stop believin''.
Journey, 'Who's crying now'.
Journey, 'Open arms'.
Loverboy, 'Working for the weekend'.
Mr. Mister, 'Kylie'.
Mr. Mister, 'Broken wings'.
Quarterflash, 'Harden my heart'.
REO Speedwagon, 'Keep on loving you'.
REO Speedwagon, 'Can't fight this feelin''.
Rush, 'Spirit of radio'.
Starship, 'Nothing's gonna stop us now'.
Styx, 'Babe'.
Survivor, 'Eye of the tiger'.
Survivor, 'I can't hold you back'.
Survivor, 'Is this love?'.
Survivor, 'Burning heart'.
Toto, 'Africa'.
Toto, 'Hold the line'.
Toto, 'Rosanna'.
Toto, 'Stranger in town'.
Las grandes canciones del AOR
Getafe 'mon amour'

El pasado domingo el Getafe C. F. escribió una de las más gloriosas y hermosas páginas en el libro del antimadridismo. Desde entonces vivo sumido en un relajado gozo. El Getafe no sólo venció al Madrid en el Bernabéu y le puso a tiro del Barcelona: lo ridiculizó. Para que el As titulase "Pardillos" (sobre una foto de varios jugadores del Madrid con cara de susto) ya tuvo que ser fuerte la cosa.
Ay, qué alegría más grande.
medraBardem
Si vas a un restaurante del que no tienes referencias y no te gusta la comida, te sientes decepcionado. Si vas a un restaurante del que todo el mundo habla maravillas, con una estrella Michelin, y no te gusta la comida, te sientes estafado.
Así me sentí yo después de ver hace unas semanas la aclamada y premiada No es país para viejos.
La película es insoportablemente aburrida. Se hace larga, aunque en realidad no lo es tanto. El argumento es débil, intrascendente. El título no tiene ni pies ni cabeza, ni relación alguna con la historia. El truco indie de alargar las secuencias a base de silencios (dejando que se oiga el típico tic tac del reloj de pared o el ruido del viento) para conseguir tensión está ya muy visto. Los personajes están trillados. Es una película de 'Estrenos TV'. Como esos telefilmes que echan en Antena 3 los domingos por la tarde.
Javier Bardem está plano, con un único registro (cierto que es lo que pide el personaje, pero por eso mismo no es un papel de pasar a la posteridad). Dice cuatro frases en toda la película. Está correcto, sin más.
No es cosa mía: las caras y comentarios de la gente a la salida del cine expresaban "menudo bodrio". Pero ¿quién es el guapo que lo dice en público, cuando la opinión mayoritaria y correcta es la contraria?
Nos han vendido que es la-película-que-hay-que-ver. Y es la película que es mejor no ver.
Sinceramente, me gustaría que alguno de esos especialistas en el séptimo ¿arte? me explicara qué tiene de magnífica y especial está película. ¿La fotografía? ¿El montaje? ¿Peluquería y maquillaje? Hmm, puede que sí: ese peinado sí que es digno de pasar a la historia del cine. ¿Tal vez la (inexistente) música de fondo?
Cuando en la NBA y en los Oscar tiran tanto de europeos, es que todo se debe a una corriente específica que responde a algo.
Por cierto, el único Coen que merece todo mi respeto es Leonard (aunque sea con h intercalada).
Algunas de mis pelis favoritas
Aun a riesgo de que esto desacredite mi opinión en el post anterior, me apetece enumerar algunas de mis películas favoritas (en orden aleatorio):
- Aterriza como puedas. Humor disparatado sin tregua. Frases que ya forman parte de nuestro vocabulario cotidiano, como "Elegí un mal día para dejar de fumar". La segunda parte también es buena, pero la primera es imbatible.
- Jo, que noche. He tardado años en encontrarla en DVD, y eso que es de Scorsese. Divertida y claustrofóbica al mismo tiempo.
- La última noche de Boris Gruschenko. Podría elegir igualmente Bananas, o cualquier otra de la etapa cómica de Woody Allen. Llegué a tragarme tres del tirón en aquellas sesiones continuas del cine Infante.
- Atrapado en el tiempo. Más conocida como "la del día de la marmota". Otra frase que ha traspasado la pantalla. Impresionante Bill Murray.
- Lost in translation. También con Bill Murray. Es súper real: a eso me refiero cuando digo que me gustan las películas en las que uno podría ser el protagonista. Dan ganas de ir a Japón. El descubriemiento de Scarlett Johansson.
- Top secret. En la línea de Aterriza. Desparrame de humor absurdo. Momento memorable: cuando los miembros de la resistencia francesa pronuncian sus nombres: Croassant, Souflé, Rococó y Café Au Lait.
- Supersalidos. Mi última favorita. Es humor del más grueso que se pueda imaginar, llevado a tal extremo que termina siendo humor inocente. Los personajes son geniales: McLovin es ya un clásico del cine.
- Cuando Harry encontró a Sally. Aunque no es de Woody Allen, podría serlo. Te hace gracia, pero plantea un tema serio: ¿chicos y chicas pueden ser sólo amigos? No me canso de verla.
- Antes del amanecer. La romántica. Me gustan algunas de estas pelis románticas. En ésta el americano mochilero conoce a francesita en Interrail, se bajan juntos en Viena y surge el flechazo. Pero tienen que seguir con sus caminos distintos.
Continuará...
No me gusta el cine español
Una aclaración previa: por “cine español” no entiendo “cine hecho en España”. Para mí, el cine español es un género. Hay películas hechas en España que no son “cine español” (por desgracia, muy pocas). Sí, el cine español es un género. Puedes ir a ver una de terror, un western, una peli romántica o una de “cine español”.
Me temo que en esto no soy el único: somos mayoría. A la mayoría de los españoles no nos gusta el cine español, vaya por Dios. El gran problema del cine español es que no es entretenimiento. A diferencia de otros países (más desarrollados en este terreno), en España no existe una industria del cine bien estructurada, con guionistas que se rompen los cuernos escribiendo una buena historia que, más tarde, un realizador graba con una cámara. En España se hace cine de autor: el director es el genio absoluto, el artista supremo; él se lo guisa y se lo come. Rueda sobre lo que le interesa a él, no pensando en lo que puede interesar al espectador. Sólo le interesa, a priori, a un tío. Es minoritario por definición.
En el cine español son piña. Es un clan, una secta. Están los punks, los heavies, los pijos y los del cine español. Tienen su propia estética, que consiste esencialmente en ponerse una chaqueta de pana en la gran fiesta del “cine español” (tan deficitaria de iconos e imaginación que tiene el nombre de un pintor). Estética propia y ética propia. Por eso los que estamos fuera no entendemos su trabajo.
Aun así, reciben subvenciones. Yo, a mi pesar, los patrocino. De nada, señores, sigan así.
En este género que es el “cine español” hay tres subgéneros: el drama rural (donde salen vacas y muchos tipos con boina), la historia de extrarradio (rodada, generalmente, por directores que no han salido del barrio de Salamanca) y la guerra civil. Ninguno de estos subgéneros me interesa. Paso olímpicamente de las vacas, los yonquis y los falangistas. Les propongo un juego: si se cruzan con algún apóstol del “cine español”, díganle que se hacen demasiadas películas sobre la guerra civil. “¡No tantas!”, refunfuñará. Hombre, claro, películas “bélicas” no hay muchas, la verdad… Pero del resto…
Yo soy un tipo cuarentón que vive en la ciudad. Lo siento, me gustan las historias en las que yo podría ser el protagonista. A principios de los ochenta se hacía lo que llamaban la “comedia madrileña”. Ahora suena ridículo sólo mencionarla, pero en su día era lo más. Ese Óscar Ladoire, ese Antonio Resines, ese Juanjo Puigcorbé… ¿Qué pasó con? En su día se decía que eran grandes actores, ¿es que ya no lo son? El cine español es, además, cruel y contradictorio. Las películas hoy ensalzadas serán recordadas con vergüenza dentro de diez años.
Hay otra razón por la que no me gusta el cine español. Tiene cierto tufo xenófobo (…quién se lo iba a decir). Eso de “Vea usted cine español antes que el americano, el inglés, el francés o el afgano” no me gusta nada. Humm. Es como decir, “contrate usted a un trabajador español antes que a uno extranjero”. El cine español es el único terreno donde está bien visto el patriotismo. Si lo piensan, es de las pocas actividades donde se usa con todas sus letras y vocalizando a pleno pulmón el gentilicio de “español”. Perdonen, hay que contratar al mejor trabajador, sea español o de Senegal. Lo mismo con el cine.
Los españoles somos mejores, más listos. Hace tiempo pasaron por la tele un reportaje sobre cómo se hacían los trailers de las películas. Los cerebritos que se encargaban de ese trabajo afirmaban, sin contemplaciones, que en los trailers del cine español no hacía falta una voz en off, pero en las pelis americanas sí porque el público americano es más tonto. Olé. Pa qué andarnos con eufemismos. El público americano es más tonto que el español. De juzgado de guardia: ¿qué pasaría si alguien se atreve a decir por televisión que los ecuatorianos son más tontos que los españoles?
De aquí a unos años, les veo sentados en el sofá de Cine de barrio.
¡A su servicio en MySpace!
Desde este momento los cuatro adeptos a este blog pueden escuchar música hecha por un servidor en MySpace. Es música electrónica que naturalmente me niego a firmar con mi nombre. Si alguien está interesado, sólo tiene que visitar el sitio:
www.myspace.com/michelangelobymab
Es lo bueno de la revolución digital: cualquier tonto con un ordenador puede hacer música...
Agracedimientos a djflow por sus ánimos e inspiración.
La television es nutritiva
"No veo televisión, me parece una mierda". Esta frase, y otras parecidas, están a la orden del día.
¿Alguien se imagina escuchar "No uso internet, me parece una mierda" sin experimentar una ligera conmoción? ¿O "no voy al cine, me parece una mierda"? ¿Qué tal "no leo libros, me parecen una mierda"?
La frase, además, encierra una notoria contradicción: si no ves la televisión, ¿cómo sabes que es una mierda?
La televisión, en mi opinión, no es una mierda. Es una mierda la telebasura, por ejemplo. La televisión es un invento que mola.
Veo bastante televisión. Vivo con una teleadicta. En mi casa, los fines de semana por la mañana, antes de subir las persianas del dormitorio, encendemos la televisión. He trabajado trece años en televisión. Estoy en condiciones de afirmar que la televisión no es una mierda.
Me da que el rechazo visceral a la televisión tiene mucho de pose. "El cine americano, ¡una mierda!". Tres cuartos de lo mismo.
De la TV actual, lo que más me gusta, mi programa favorito, sin lugar a dudas, es Los Serrano. Puro costumbrismo español de barra de bar. Ojo, no es una serie familiar babosa: es una fabulosa visión autocrítica de todos los tópicos nacionales, de la picaresca al machismo pasando por la versión más cañí de la familia.
Fiti es mi ídolo.
La televisión ¡MOLA!
Confessions on a dancefloor
Hace no demasiado me contaban que alguien se sorprendió al conocer que últimamente, en el coche, escucho de una manera casi compulsiva Máxima FM.
Aclaración para ignorantes: no toda la música de baile es September. Quienes me conocen saben de sobra que mi voracidad musical incluye todo el espectro que va de la música polifónica renacentista al rock duro. Qué quieren que haga, ¡me gusta toda clase de música! De modo que no tiene nada de especial que, desde hace unos meses, una parte de mi apetito se haya centrado en música hecha para bailar.
Sí, escucho Máxima FM en el coche. Sales de trabajar y te apetece esa especie de subidón. Además, he descubierto una revista llamada MixMag, dedicada a la cultura de club, que me parece fascinante (estoy sopesando abrir una suscripción). No conozco al 90% de los artistas de los que habla pero sabe encapsular y ofrecer en papel de manera magistral la filosofía hedonista de las discotecas. Y cuando enciendo el iPod lo que espero, la mayoría de las veces, es someterme a una sesión de música rítmica, ambiental, repetitiva e instrumental que no distraiga mi atención visual pero que, a la vez, me haga mover los pies.
Hace un año me regalaron un ProTools y confieso que me apasiona experimentar con bases y sonidos inspirados en la música electrónica bailable.
Sí, me gusta la música de baile. También.
¡Sorpresaaaa!
Nunca me habían organizado una fiesta sorpresa de cumpleaños, como las de las pelis. Entras en casa, están todas las luces apagadas, y de repente todo se ilumina y ves un montón de caras conocidas que te gritan "¡Sorpresaaaa!" Aunque aquí falló el momento luces apagadas (cuando entré lo primero que pensé fue, "Qué demonios hace toda la casa encendida, si se supone que no hay nadie"), puedo decir que fue lo único que falló: fue una noche perfecta, por la compañía, la comida, la bebida, los magníficos regalos, la música, las conversaciones... Y por la sorpresa en sí: esta gentuza se lo tenía bien calladito. Reproduzco aquí algunos de los momentos estelares de la fiesta.
De izda. a dcha.: el Sueco, Django, la Vane, la Sra. de Japo, Vencido, el homenajeado, Japo y DJ Flow. (Esto me recuerda a los amigos de Japo en el colegio: el rata, el chino...)
Vencido y un servidor, bien servido.
¿Un voluntario para partir la tarta? "¿He oído tarta?", dijo DJ Flow, que se abalanzó sobre ella ante la atenta mirada de Japo.
El Sueco, en la única foto en la que salió con los ojos abiertos. 
Con DJ Flow, riéndose del chiste.
41
Hoy es 7 de diciembre, y como cada 7 de diciembre mis inseparables Tom Waits y Bertín Osborne y yo tenemos algo que celebrar: ¡es nuestro cumpleaños!
Hace un año por estas fechas meditaba acerca de lo estupendamente bien que me sentía con 40. Doce meses después, he de matizar dicho alegato: a partir de los 40 uno empieza a enfilar la cuesta abajo y sentirse víctima de achaques diversos y primeros síntomas de alzheimer (y no lo digo en broma). Además, cuando el primer regalo que uno recibe con 41 es un Braintraining de Nintendo DS, empieza a sospechar que tales síntomas son de dominio público.
Amigos: queda pendiente una celebración.
Heavy metal con peluca
Ayer pasó a mejor vida Kevin DuBrow, un cantante de rock cuyo nombre probablemente no dirá nada excepto a los fans del heavy metal: era el cantante de Quiet Riot.
Quiet Riot nunca fue de mis grupos favoritos. Su contribución a la historia se limita a: 1) en algún punto de sus inicios su guitarrista fue Randy Rhoads (más tarde, mano derecha de Ozzy Osbourne... hasta que murió en un extraño accidente que implicó a una avioneta y su autobús de gira), y 2) su fidelísima versión del cervecero "C'mon feel the noize", de los reyes del glam Slade. En cualquier caso, todo aquel que quiera hacerse una buena recopilación de metal de los ochenta cometería un grave error si no contara con ese tema.
Yo recuerdo a Quiet Riot precisamente por Kevin DuBrow. O, mejor dicho, por su misterioso pelo. Me explico: cuando el grupo saltó a la popularidad, Kevin evidenciaba serios problemas capilares. Unas buenas entradas. Sin embargo, con el tiempo, la cabellera del simpático cantante fue ganando en espesura; primero con unos exuberantes rizos y, más tarde, con la banda ya en declive, con una estupenda melena rubia.
Dicho de otro modo: peluca. Sí, los grandes del metal de los ochenta llevaban peluca.
Kevin DuBrow, descanse en paz.
Kevin Dubrow, segundo por la derecha, en su apogeo musical (y declive capilar).
Kevin, años más tarde, con una frondosa melena rizada. Adiós a las entradas.
Kevin, muy bien acompañado y (tal vez por ello) con su fantástica peluca rubia.
Magdalena... ¡(casi) Supermodelo 2007!
Estuvo a punto. Magdalena Pérez quedó segunda en el concurso Supermodelo 2007, lo cual confirma el buen ojo para estas cosas de quien escribe estas líneas. Magdalena mantuvo el tipo hasta el final, y aunque no ganó, tiene todo el derecho a sentirse la vencedora moral. Haciendo una analogía apresurada (y nada glamourosa) si esto fuera la primera edición de OT, Noelia, la ganadora de Supermodelo, sería el equivalente de Rosa de España (ganadora de OT 1) y Magdalena sería Bisbal (que, recordemos, no ganó a su paso por la academia... ni falta que le hizo). Aunque tienen pocas cosas en común, espero que le vaya por lo menos igual de bien.
Magdalena: ¡Ha nacido una estrella!
Pega la oreja
Hace unos días se propagó el rumor de que Paulina Rubio iba a sustituir a Amaia Montero como nueva cantante de La Oreja de Van Gogh. De cómo ese bulo creció durante unas horas hasta verse convertido en noticia en telediarios y periódicos pueden hacerse varias lecturas. Yo lo veo como una muestra más de que la música no le importa ni un pimiento a nadie; que no merece ni siquiera el esfuerzo de levantar un teléfono para contrastar una noticia.
Yo me enteré porque en una página web desmentían que Paulina fuese a entrar en La Oreja de Van Gogh. Justo esa noche El Sueco iba a acudir a una entrega de premios donde se anunciaba la presencia de la cantante mexicana. Nos pareció que lo más natural (y al mismo tiempo, lo más fiel a los principios del periodismo) sería intentar preguntarle a ella (por la parte del grupo lo negaban). Paulina no quiso hablar con periodistas, pero El Sueco, en una lección magistral de periodista con recursos, se las arregló para colarse en una zona restringida y sacarle unas frases (y un autógrafo). Un momento memorable que se convertirá, sin duda, en batallita obligada y coña recurrente en próximas tertulias.
A la mañana siguiente, en Informativos Telecinco aseguraban alegremente que Paulina sería la nueva cantante de La Oreja. También algunos diarios e infinidad de páginas de Internet. A nadie se le ocurriría dar como noticia la dimisión de un ministro, por ejemplo, si no está contrastada del todo y no pasa cien mil filtros. Pero ¿algo sobre un grupo musical? Es lo suficientemente importante como para hablar de ello en un telediario pero tan insignificante como para largarlo sin reservas.
Tele de la buena
No es fácil toparse en estos días con un buen programa de televisión. Y cuando digo "bueno" quiero decir bien hecho: bien estructurado, con una buena realización, bien narrado y ameno. A ver, quiero que se me entienda: no "bueno" por su contenido sino por su factura. Después de algunos años trabajando en ese medio, he adquirido el defecto de ver la tele no sólo por su contenido: también por su forma. No puedo evitar fijarme en cómo está iluminada una entrevista, por ejemplo, o pararme a pensar si determinada locución en off está hecha con ritmo o es demasiado larga.
Este domingo vi un espléndido programa de televisión: Página 2, que se emite en La 2. Es un programa de libros, pero no pienses en la típica tertulia coñazo. Tiene estructura de magacín: un presentador (situado en diferentes localizaciones en exteriores) va dando paso a vídeos (reportajes). Aparte de ser muy fresco, está lleno de buenas ideas. Después de haber tenido que lidiar durante años con algunos realizadores ineptos, estoy en disposición de afirmar que este programa tiene un realizador de aúpa.
Una muestra: reportaje sobre el difícil salto al mundo editorial de escritores noveles. Bueno, pues en vez de hacer varias entrevistas en aburridos despachos y escribir luego un off que hilvane el asunto, deciden ambientar la pieza en un edificio en obras. Allí plantan diferentes sets (uno muy bonito, con un sillón y una lampara y, al fondo, una pila de libros) donde realizan las entrevistas. Y en vez de usar voz en off, un grafismo va repasando los temas por puntos, como si fueran los diferentes botones de un ascensor (la ascensión del escritor novato). Chapeau.
Otra muestra: sección Agenda. ¿Voz en off sobre vídeo y una tediosa lista de nombres, fechas y ciudades? ¡Anda ya! En unas imágenes rodadas en la calle, una camarera sale de una tasca y se pone a escribir el "menú del día" en la típica pizarra negra apoyada en el suelo. En el menú, escritas a mano, las citas imprescindibles de la semana. Soberbio.
Recomiendo que lo vean. Entenderán por qué la telebasura es algo más que los programas del corazón: es la tele mal hecha.
Los paseantes
Reconozco que hacía tiempo que no iba a un concierto de estas características: grupo molón, aforo medio, no hay billetes. Quizá por eso me chocó tanto el personal que acudió a ver a Interpol en La Riviera. Al margen del elevado nivel de bellezas femeninas, me llamó la atención el alto número de seres humanos que se dedican durante todo el concierto a pasear, o mejor dicho, a incordiar.
Los paseantes.
Los paseantes son aquellos que pagan una entrada no para ver un concierto: cubata en mano, durante hora y media se dedican a pasear, a recorrer el abarrotado recinto abriéndose paso con los codos entre la apretada muchedumbre. No sé a dónde se dirigen ni de dónde vienen. Sólo percibo sus codos, sus pisotones y el frescor de su cubata derramándose por mi manga. Deambulan a trompicones, aprovechándose de la buena voluntad de los espectadores que acceden a dar un pasito adelante o atrás para facilitar su tránsito. Hay variantes: está el paseante normal, pero también hay especímenes del paseante desmayado, que se derrumba a cada paso sin control, como si las dos caladas al porro le hubiéran dejado sin conocimiento; o el paseante gordo, cuyo paso exige, quizá sin pretenderlo, un doble esfuerzo del prójimo para evitar el atropello. También están las hileras de paseantes: te corres un poco para que pase uno, sin saber que es un grupo de diecisiete. O el paseante aprovechado, que confunde el hueco que le brindas con un espacio para ver el concierto y se te queda plantado delante con todo su pelo grasiento a cinco centímetros de tus narices.
Buah, Interpol mola todo, más si te sabes un par de estribillos y puedes corearlos. Pero cuando llegan los bises, el momento más esperado, el clímax de la actuación, mejor dar la espalda al grupo y estar de cháchara con los colegas.
Buen grupo, mal público.
Arte, vino y cocido maragato
Fuimos a León en busca del MUSAC (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León) y del cocido maragato. El MUSAC nos costó encontrarlo: las señales de tráfico de León no dan ninguna pista de la ubicación de este flamante destino cultural necesitado de promoción (sí, en cambio, de dónde se encuentra El Corte Inglés) y los peatones, cuando les preguntas, te muestran su ignorancia con sequedad castellana. Cuando pregunté a unos policías urbanos me dieron las indicaciones oportunas con tan malos humos que pensé que, además, me iban a poner una multa por alguna infracción que no había cometido.
Como espacio, el MUSAC es primoroso, amplio y tranquilo (si no saben dónde está, ¿cómo van a visitarlo?), pero su colección, formada sobre todo por fotografías, es exigua y poco trascendente. Dato a favor: en la tienda del museo venden un vino de la Tierra de Castilla y León con etiqueta del MUSAC. Obviamente cayó una botella.
Sobre el cocido… tampoco fue fácil. Llegamos a Astorga el viernes a las 9 y media de la noche. Nos hospedamos en un pequeño pueblo a 5 kilómetros, Castrillo de los Polvazares. La primera impresión fue la de un pueblo fantasma: era de noche, hacía un frío seco que presagiaba helada nocturna y no había un alma por las pintorescas calles empedradas, por las que circulábamos dando botes a menos de 20 km/h. El panorama no era precisamente acogedor: invitaba a salir pitando. Por supuesto, a esa hora no había dónde cenar. Recordamos haber visto un restaurante en la carretera y allí fuimos: Restaurante don Juan Tenorio. Vacío y frío, nada más entrar, como gesto de bienvenida, encendieron el televisor del comedor a un volumen que seguramente superaba los decibelios permitidos. Pedimos unas raciones ligeras y un descubrimiento: la espléndida sopa de trucha, que es como una sopa castellana pero con trucha. Regada con un vino rosado de León (Molendores, de Viña Cezán), muy afrutado, rico y nada pretencioso, entró de maravilla.
Al día siguiente comimos en León, después de deambular unas dos horas por un semidesierto MUSAC. Como de costumbre, íbamos sin ninguna noción de casco antiguo o restaurantes destacados. Sólo conocía León de una visita relámpago hace unos 15 años para asistir a un concierto de (y posterior cena con) Los Flechazos, el célebre grupo mod local. Mi instinto me llevó hasta una plaza no demasiado grande pero muy bulliciosa repleta de terrazas, mesones y restaurantes: la plaza de San Martín. Comimos en un sitio llamado el Racimo de Oro (“en pleno Barrio Húmedo”, reza la factura), y me dejé seducir por un bacalao sobre lecho de rabo de toro en salsa de oricios (erizos de mar) que habría resultado excelente si el bacalao hubiera estado algo más salado (un bacalao soso: ya es difícil). Sin comparación con el entrante: un plato de delicias castellanas (chorizo, morcilla y pimientos asados) donde la morcilla, con textura casi de puré, era de campeonato. Insuperable. El vino fue un Palacio de los Guzmanes, también de León, nada del otro mundo.
Después de patearnos León y, después, Astorga (donde nos aprovisionamos de mantecadas y vino), estábamos tan desfallecidos que decidimos cenar en la habitación. Para ello compramos un poco de jamón, pan y una botella de otro tinto de la tierra, Valjunco Crianza 2003 (como los demás, de la variedad local con el altisonante nombre de Prieto Picudo) que supo a gloria.
Bajo el sol matinal del domingo, Castrillo no era tan fantasmagórico, sino un bonito pueblo de piedra muy coqueto y cuidado. Nos levantamos con el reto de ir a por el cocido maragato. En Castrillo encontramos algunos mesones donde lo anunciaban como principal reclamo de su carta, pero nos dijeron que estaban completos para mediodía.

Acabamos otra vez en Astorga, donde, tras tomarnos un vinito y una tapa de cecina fantástica en un sencillo bar con servicio de venta al público de manjares (llamado Delabuelo), nos sentamos frente a un buen cocido en un restaurante absolutamente decadente forrado de madera y con una enorme lámpara dorada en el centro que parecía detenido en 1950. Restaurante Gaudí, llamado así, supongo, por hallarse justo enfrente del Palacio de Gaudí, un castillo como de cuento de hadas que construyó aquí el insigne arquitecto.

El cocido maragato es exactamente igual que el madrileño, pero al revés: a modo de "entrante" uno tiene que vérselas con una gigantesca fuente de carnes, para luego dar buena cuenta de otra no menos grande fuente de garbanzos y verdura antes de enfrentarse a la sopa. Sin prisa, y ayudados por una botella de un amable Peregrino Roble 2004 (de León, por seguir la norma) logramos engullir gran parte del ansiado cocido maragato.

Tardes de viernes
No es ninguna tradición. De hecho, sólo se ha producido dos veces en las últimas semanas. Pero he de decir que me gustan esos viernes por la tarde que empiezan con una comida con Vencido, El Sueco y los demás (también DJFlow, aunque no estuvo en la última), y continúan con una sobremesa que se alarga hasta las 8 de la tarde bien regada de Absolut con tónica (en mi caso).
Me gusta esa sensación de no tener ninguna prisa. Me gustan por estar rodeado de gente con la que me siento a gusto. Me gustan porque a los camareros de mi pueblo se les va la mano cada vez que te ponen una copa. Me gustan porque todos somos igual de bocazas capaces de soltar axiomas grandilocuentes con pasmosa facilidad. Me gusta porque hablamos de un sinfín de chorradas que debatimos como si fueran asuntos de gran trascendencia: las películas de Ben Stiller, el Krautrock, el padre de Hamilton, el paso del vinilo al CD, el paso del CD al MP3... y recordamos viejas anécdotas de cuando trabajábamos juntos que, aunque nos las sabemos de memoria, evocamos con placer a carcajada limpia.
Va por ustedes, amigos.
¡S'a enganchao en la pucelana!
La frase que da título a esta entrada es la que pronunció, a grito pelado, el comentarista de Tele 5 cuando Lewis Hamilton se quedó tirado en el GP de China. Me acuerdo de ella porque, posteriormente, cuando los informativos se hacían eco de la desgracia del conductor inglés, aparecía ese mismo fragmento de la escena. Y de nuevo esa voz eufórica: "¡¡¡S'a enganchao en la pucelana!!!"
Desde que Fernando Alonso irrumpió en la F1 nos hemos familiarizado con la jerga del automovilismo. Escuchamos hablar de pit lane, safety car, stop-and-go, chicane... La mayoría no se sabe a qué designan, pero suenan guay, la verdad. (¿se han fijado que, en cambio, en las retransmisiones de fútbol, los términos ingleses han caído en desuso en favor de juez de línea, saque de esquina, pena máxima...?)
La "pucelana" es ya lo más. Anglosajona no es la palabra, desde luego. He mirado en el diccionario de la RAE, y por pucelana viene lo que me temía: 1. adj. coloq. Natural de Valladolid. U. t. c. s.; 2. adj. coloq. Perteneciente o relativo a esta ciudad de España. He mirado "pocelana", por si había oído mal, pero "pocelana" no existe. Pero sí que existe "puzolana". Sí señor: 1. f. Roca volcánica muy desmenuzada, de la misma composición que el basalto, la cual se encuentra en Puzol, población próxima a Nápoles, y en sus cercanías, y sirve para hacer, mezclada con cal, mortero hidráulico.
Así que Hamilton no es que le diera un efusivo abrazo a una señora de Valladolid que estaba al borde de la pista, sino que, donde se "enganchó" fue en unas piedrecitas volcánicas exportadas de Nápoles.
Cómo llegamos a saber qué es una "puzolana" a través de una carrera de coches en China es algo fascinante. Supongo que el lobby italiano de la F1 habrá extendido la palabreja por el pit lane y aledaños. Por lo menos ya sé lo que es una "puzolana", y saberlo me hace mejor persona y más feliz.
¡Magdalena Supermodelo!
Mark Knopfler
Anoche estuve viendo un extraño y delicioso concierto de Mark Knopfler en una habitación con grandes espejos de marcos dorados en las paredes, donde no había más de 60 personas: media docena de periodistas (todos por encima de los 40), algún actor (Fernando Guillén Cuervo) y, el resto, pijerío joven en su versión más auténtica. La habitación, por razones de espacio, no estaba acondicionada para acoger una actuación musical, aunque ésta fuera ofrecida por cinco caballeros que manipulaban sus instrumentos con serenidad y sabiduría. Hacía mucho calor, y supongo que esa fue una de las razones por las que los camareros de una minúscula barra con forma de óvalo no paraban de desprecintar botellas de Chivas.
A pesar de todo ello, tuve la grata sensación de estar presenciando un momento especial. Knopfler se despachó a gusto con su vena country y, para terminar, se enroscó alrededor de su guitarra para destilar una preciosista versión de 'Brothers in arms'. Había más músicos tocando en el escenario (los otros caballeros que mencioné antes), pero durante esos 5 minutos estaba pasando algo con Knopfler y su guitarra. Había algo íntimo en la manera en que cantaba y tocaba su instrumento. Me alegré de poder apreciarlo.

